Se me olvida queriendo

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No encuentro… Remuevo las cosas y miro debajo de la cama sin saber lo que busco… y no encuentro.

Cada vez que me muevo, la pared sigue estando ahí, en frente a mí. A veces es opaca, fría y áspera. Llena de goletelé y de cicatrices de los golpes que le vas dando.

No voy a encontrar nada aquí y lo sé, solo que a veces cierro los ojos y me quedo muy quieta. Cuando lo hago, a veces, puedo sentir la velocidad del suelo girando por debajo, el aire alrededor y de la tormenta que se avecina desde arriba.

No sé qué hago aquí, cuando no hay ningún sitio que me traiga calma. No sé qué hago ahora si cada segundo que deletreo, cada tecla que toco, es un sonido que se va para no volver.

Quizá por no querer volver nunca salí, pero al menos dejé las cosas en la puerta antes de irme. Puede que al no verlo, al estar relativamente lejos en el espacio, me calme esta ansiedad.

Sin embargo, cuando vuelvo a abrirlos lo veo. Y recuerdo. Y me acuerdo. Y lo siento, siento no haber aprendido mejor, supongo. Porque ya no es una cuestión de enseñarte, es cosa mía discernir entre ahogarme en esta fosa que se encharca o usar todas mis fuerzas para nadar fuera de este tanque.

Y a veces el agua está tranquila, en calma, me abraza con ternura y calidez. Pero tan pronto como dejo de tiritar, estalagmitas perforan mis pies y me atan al fondo. Es peor que caer, porque el dolor empieza desde el primer pinchazo, continúa por cada tirón y se intensifica mientras me hundo hacia abajo.

Deja de mantenerme en el fondo, no soy capaz de respirar a diez mil pies y tengo miedo a las oscuridades de tus profundidades. No veo ni las nubes ahogada aquí abajo.

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Hace tiempo que no disfruto de la música, de la poesía, de las palabras.

Ya no hablo como antes y no sé si es porque intenté aprender a escuchar o porque me cuesta descifrar lo que dicen, lo que dices.

No encuentro la manera de agarrar a mi estómago con ambas manos y hacerlo bajar deshaciendo el nudo en el que se encuentra, de aclarar mi garganta al beber agua en lugar de sentir que mi sed no se apaga a cada trago, de decirle a mi corazón que no grite. Pues tampoco es para tanto.

Y en ese movimiento de brazos trepo de vuelta hacia el orgullo y pienso si realmente me haces falta, porque sé que no te necesito. Y cuando estoy ahí arriba y me veo tan pequeña a tu lado me planteo si realmente tienes tanto vértigo como dices. Quizá venga de tu manía de no querer moverte.

Es que, verás. Yo quiero correr, pero no orbitar. No quiero ir tan rápido estando anclada al mismo punto, dependiendo de su trayectoria en cada momento. Y yo me frenaría si él quisiera, pero me sorprendería que algún día llegara verdaderamente a actuar como dice que siente.

Cada vez que le besaba, quería curarle, salvarle. Pero él ya había decidido fijar su mente y no cambiaría. Así que a sabiendas de esto, veremos cuánto tardo en librarme de tu magnetismo para volver a pederme en el infinito.

Dejarme llevar a Austria volviendo por Suiza.

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Esta semana ha sido una verdadera locura. Bueno, en realidad no, pero al menos le he pegado una patada a la rutina y me he atrevido a salir de casa a hacer cosas realmente productivas para mí.

El sábado había unos talleres de una escuela de música, diseño y arte en la ciudad y decidí apuntarme con unos amigos. Total, era gratis y había títulos tan llamativos como “escribir canciones con sentimiento” o “explorar la voz de la cultura pop”. Sí, nunca me había atrevido a explorar esa faceta musical en el último año y ya lo estaba echando de menos. El llevar casi tres meses jugueteando con el ukelele y el empezar a sentirme otra vez un poco más libre, en el presente, hace que me libere delante de la gente y que me arranque a cantar, como gramola que me apodan.

Así que allí me iba a plantar el sábado por la mañana (milagro, me lo habían dado libre… a saber qué me pedirían otro fin de semana, pero bueno, terminemos esta irrupción de ansiedad) y luego… ya se vería, pues el domingo iba a ir a Colmar, Francia -menos de dos horas en transporte público teniendo en cuenta que tardo casi la mitad en llegar a la ciudad, no me parece ninguna locura-.

Sin embargo -y aquí es donde empieza lo divertido-, el viernes por la noche se cancela lo de Colmar. La verdad es que doy gracias porque llevo sin dormir en condiciones -más de cinco horas seguidas- más de tres semanas y así podía dedicarme a dormir. Pero pocas horas más tarde, otra amiga me propone en el último minuto sacarme un billete para ir a Austria (a unas dos horas y media en autobús) a visitar a unos amigos suyos donde hicieron un voluntariado dos años antes. Menos de diez euros, sin plan, con una compañera de clase (la cual creo que puedo llamar amiga después de este viaje) con la que tengo mucho en común y con la que por “h” o por “b” no he tenido la oportunidad de hacer nada -por cierto, coincidimos en el primer taller-…

No lo pensé, me salió automático. Esto es algo que llevo haciendo desde el sábado a las 10 de la mañana. Y no es en un tono negativo, al contrario. Porque lo que salió de mí fue unirme a la deriva. Por fin estaba dejándome llevar y me sentía a gusto. A pesar del cansancio, de querer descansar, me sonó la mejor idea. nunca-más-vas-a-tener-esta-oportunidad. Y lo hice.

Llevo dos días seguidos viviendo el presente y he estado mucho más tranquila que en estos últimos días. Más feliz, con más energía. He sido capaz de proyectar mis sentimientos y abrirme con gente la cual no conocía de nada. No sé muy bien explicar por qué, pero creo que estaba feliz porque estaba siendo yo.

Nota mental: la bipolaridad es una generalización a la que recurrimos para simplificar las cosas así como la rutina es una forma de crear seguridad en nuestro estilo de vida. Ambas son arcaicas y se caracterizan por llevar el ritmo que marca la sociedad.

Estoy dándome cuenta de que tengo que salir de ese círculo y perderle el miedo a la espontaneidad y buscar hacer lo que realmente me apetece en lugar de dejarme ganar por el cansancio, la pereza o el miedo. De estos tres he aprendido mucho en las últimas veinticuatro horas.

He pasado de no ser capaz de cantar delante de la gente a estar dos horas cantando en un grupo de dos personas más la tutora. Haciendo ejercicios de respiración, encontrando mi voz, el aire, explorando cómo funciona mi cuerpo cuando quiero crear un efecto. Sé que no tengo ni p*ta idea, que no soy buena; pero me hace feliz, me sirve para canalizar sentimientos y para conocerme a mí misma. Y hablando de éstos, me han reafirmado la teoría que llevo unos años utilizando “dejarte llevar y sentir la canción, sentir la historia, sentir la letra”.

Encontré muy inspirador también el taller anterior en el que teníamos que explorar en nuestro vocabulario y dejarnos llevar. Hasta me atreví a compartir mis intentos de verso rápido en cuatro minutos. Obtuve un reporte interesante y pregunté por ayuda (lo cual es otra cosa que estoy aceptando, el pedir opiniones para ver otros puntos de vista sobre aquello que me abruma o me concierne… o me pica en el centro de la curiosidad). Me confirmaron que voy por buen camino haciendo las paces conmigo misma, buscando por primera vez un sitio y un propósito que realmente me represente.

El (re)encuentro con los amigos de Nadia fue mejor de lo que esperaba. Empecé dubitativa a tocar el ukelele en el autobús. intentando raspar las cuerdas con la mayor finura posible para no molestar, hasta que ya una vez en no sé qué tren (al final en vez de dos horas, el viaje pasó a cuatro o cinco, pero la atmósfera no hacía que eso fuera un viaje, sino una tarde cualquiera, solo que probando distintos asientos de transporte público alemanes, suizos y austriacos, lo cual le da bastante vigila al asunto) estaba cantando a viva voz sin importarme nada. ¿Y lo más bonito? Nadie, absolutamente murió ni empezó a sangrar por los oídos, de hecho, he recibido más de un par de cumplidos a lo largo de el viaje.

He pasado este poco tiempo cantando, tocando, patinando y comiendo kebabs, hamburguesas con queso y galletas de chocolate. He reído hasta quedarme sin aire y he encontrado al menos tres confidentes más con los que me he sentido más cercana hacia la gente y conmigo misma. El viernes voy a informarme a esta escuela sobre cursos, pues sería interesante poder recibir alguna clase donde pudiera controlar mi voz y utilizarlo para mi recelamiento. Sin más. No busco ser buena ni siquiera, solo quiero entenderlo. Comprenderme.

Además, me han hablado de la posibilidad de unirme a proyectos de la Unión Europea a través de los cuales puedo involucrarme en trabajos artísticos que me permitan explorar este lado de mí que siento que me arde. Creo que va a ser otra semana donde aprenda y cambie mucho. Espero poder volver a sentirme tan felizmente cansada pronto.

 

 

 

Análisis de situación y ataque A la ansiedad

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No quiero buscar un Ausbildung en ningún sitio específico porque no sé exactamente si quiero estar en el mismo sitio durante, al menos, unos tres años. Acortémoslo como “inviabilidad en movimiento”. Descartamos pues esa idea y buscamos cursos o master. Dentro de esta categoría haremos sucesivas incursiones a lo largo de los momentos de ansiedad-respiración-análisis-vómito-restauración del orden natural de las cosas; pero dejaremos caer qué pasa con el tema diseños/tatuaje.

Ojalá me dejen una máquina y un par de materiales para ir moviéndome y aprendiendo la técnica. Qué peligro tengo yo con una de esas… aunque la experiencia de la semana pasada espero que me sirva de recordatorio y no vuelva a usarme de conejillo de indias visto que los puntos me salen de todo, menos redondos.

Tengo claro que estoy estallando después de muchos años viviendo en una rutina que oprimía mis posibilidades y, más importante: mis deseos, mis incentivos, mis metas. Aquello por lo que me levanto cada mañana con algo más de aire en los pulmones: tener el tiempo para poder dedicarle un poquitín a algo que realmente me apasione.

Quiero eso. Quiero mi tiempo. Quiero ser dueña de mi vida. Sé que es lo que tengo que cambiar ahora, o lo que siento que son mis prioridades en este momento respecto a la rutina y a tener mis necesidades básicas cubiertas. Y no hay que angustiarse porque todo vendrá en su momento. Hay que moverse, pero no hay que olvidar que por mucho que corras o vueles, sigues bajo la fuerza de la gravedad y esa rueca acaba girando también.Por eso quiero decirme que está bien sentirse aturdido a veces. Incomprendido, solo, como un impostor. Todos lo somos, solo que se me había olvidado. No importa que no me sienta preparada, nunca lo voy a estar. Solo tengo que seguir disfrutando, porque si no, todo habrá sido en vano.

Vigésimo cuarta instrospección nocturna.

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Y digo vigésimo cuarta como quien dice piña. Bueno… más bien como cuando yo digo eso, ya que para algo está esto aquí escondido en un rincón oscuro de internet donde absolutamente nadie entra a cotillear. Puede que sea por eso que sea la segunda vez que escriba en menos de una semana. Definitivamente, creo que estoy enferma.

Esta absurda manía mía de volver a escribir… ¿Qué me habrá picado para haber dicho chorradas esta mañana del nivel “creo que tengo la enfermedad del artista… algo así como que no me siento reflejada en nada de lo que leo, escucho, veo…“? Y ojo, que esta noche he vuelto a compartir esta sátira a la filosofía digno de libro de autoayuda-paulocoehlista.

Si yo hacía años que no escribía… porque no tenía nada que decir… O sí. Creo que realmente lo que me apura es saber que mi lírica y mi retórica dejan enormes distancias primero entre lo que siento (y no sé descifrar) y lo que digo -y los innumerables pasos intermedios cuya amplitud difiere un rango desde el “espera, esto lo tengo super claro” a “no tengo ni puta idea de lo que estoy diciendo”- así como en ser clara entre tanto MALDITO PARÉNTESIS.

Pues eso mismo, que intento ponerme poética y al final acabo tecleando como si fuera un mensaje  nota de audio de WhatsApp a mi mejor amiga haciendo reporte de la batalla la mañana de después.

Después de tanta charla y paja (si no, no sería yo, véase la cantidad de pausas absurdas que meto), vengo a vomitar aquí unas reflexiones que han desbordado unas cuantas idas y venidas que han estado rugiendo por la azotea estos días. El artículo al que quiero hacer referencia es el siguiente: http://www.revistagq.com/noticias/cultura/articulos/vivvir-en-el-extranjero-bilingue/25379 y en el cual el autor refleja sus pensamientos acerca de la barrera del idioma después de llevar cuatro años viviendo en Nueva York. Vamos, que el bilingüismo es un semi-espejismo el cual se transforma en una barrera virtualmente intransferible. Hace mención a que llega un punto en el que dejas de exigirte tanto a nivel personal -a nivel laboral ya es otro cantar- y decides aceptar y convivir con el hecho de que estás en desigualdad.

Y remarco este último término porque ha habido un par de párrafos que han aliviado un poco esa sensación de vacío que el puñado de libros que me he ido trayendo -y comprando en la sección de internacional-, mis blocs de dibujo o mi ukelele no llenaban. Y creo que en parte a veces todo ello no puede llegar a conectar conmigo simplemente porque me falta práctica. Como con nuestro queridísimo alemán.

Creo que parte de culpa de que esté a las mil y monas escribiendo a la nada es que quizá eche de menos también dejar mis textos por alguna parte. Soltar lo que pienso directamente, sin pelearme con las cuatro cuerdas de nylon que no me dan el acorde que quiero -normal, si hace más de diez años que no estudio música debidamente-. Me faltan horas, me falta entender. Quizá la liberación que me produce hablarme a mí misma en mi propio idioma me hace recordar de dónde vengo y hacia dónde quiero ir ahora que me siento más sola, perdida y aislada del mundo. Pero eh, estoy de puta madre. 

Hay semanas que realmente la ansiedad me ha comido viva. De hecho, sigue ahí -debe ser que ha pillado postura-, pero estoy utilizando mis poderes de “supersobreanalizarypensardemáslascosas” para pararme a no pensar. Sí. Exacto. No pensar.

Me he dado cuenta de la falta de empatía me ha llevado a un estado de apatía donde ya no disfruto de las cosas, porque ese no es el objetivo. He dejado de hacer las cosas con pasión para hacerlas como rutina, como un obstáculo que debes superar cada día. Cada pequeña conversación, cada gesto de aceptación, cada pequeña cortesía es como un ataque hacia mi futuro. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué te comportas de esta manera conmigo? Al mismo tiempo, creo que la gente no es capaz de entender el esfuerzo titánico que supone estar lejos y bien de ánimos al mismo tiempo.

Nunca he sido demasiado dependiente o apegada, es más, en los últimos cinco años, tres he estado fuera -y aquí sigo-. Voy y vuelvo y tras la hostia de realidad de la primera vez, cuando solo tras casi siete meses todo era totalmente diferente; todo se hace más fácil… O eso pensaba, más que nada por el tema del apego. Por el contrario, he aquí donde está el quid de la cuestión: me han dejado de mover por dentro las personas. Sin embargo, no creo que sean todas, puede que simplemente sea que me he puesto tanta distancia de dentro hacia fuera que haya dejado de confiar en la gente. Esto, sumado a al dificultad de tratar de leer a alguien a quien no puedes seguir al 100% (y quien, por cierto, SORPRESA: no puede seguirte a ti tampoco al 100%, aunque sea en otro idioma o mezclando varios).

Puede que me esté dando cuenta de que eso que decían de que “emigrar es duro” o que “nunca encuentras tu sitio realmente fuera de casa” tienen cierto sabor amargo, a verdad. Si bien es cierto que la última sentencia no es precisamente algo que me aplique, pues siento que tengo muchas casas y que ninguna me pertenece, y aquella a la que llamo así por conveniencia no es más que el lugar donde viven mis padres. Pero imagino que es el daño colateral de mi experiencia.

Bien, hasta aquí creo que ya me he excedido en honestidad y en dar bastante grima.

Léeme la voz, que las palabras se resbalan hacia dentro.

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Necesito que me escuches susurrando porque he perdido de vista a mi voz siguiendo el hilo. Normal quedarse sin rumbo cuando tienes que usar tus oídos para ver, para continuar.

Hace tiempo que todos me molestan, que todo me retumba. Creo que fue el temporal de viento. La gente dice que todo salió bien, pero esa noche yo creo que se me escapó algo volando. Desde entonces no consigo descansar como antes porque sé que hay un par de ideas que ya no van a volver y rebusco de manera obsesiva para darme cuenta de que he olvidado hasta los detalles de la lógica de Aristóteles.

En fin, pues si hemos perdido la capacidad de razonar, entonces no me queda otra que divagar entre mis pensamientos sin tener ni idea de en qué idioma me están hablando, o de si apenas murmuran. Creo que el problema es que he dejado de pensar.

Siempre había infravalorado la capacidad de comunicarse. Mediante palabras, imágenes y hasta gestos. A día de hoy, sin embargo, me doy cuenta de lo poco que lo hago y de lo fatídico que es no encontrar aquello que baile al ritmo de mi cabeza mediante los pasos de mis labios, esos que ya no saben ni besarte porque desde el estómago están vacíos los sueños.

Todo lo que me parecía sencillo o evidente ha perdido todo su sentido y viene para martirizarme por el día  -recordándome que debo leer sin saber qué escoger- y por la noche, cuando no sé si arrepentirme antes de que lo hagas tú cualquier miércoles de estos.

Quizá esté aceptando que vivo con miedo, como otro humano más. Lo que ya no tengo tan claro es si eso nos hace adultos o si esta teoría confirma mis sospechas de que jamás maduraré porque no tengo la capacidad ni habilidad para ello. Pues cada día encuentro más difícil levantarme, sonreír y tirar hacia delante.

Tampoco quiero decir que no quiera salir de la cama -que a veces, tampoco, para qué engañarnos-, pero necesito aprender a volver a pasar los días dejando de sentir tanto eco en mi estómago. Ya no es el hambre lo único que me hace sentir vacía, es la pena de saber que jamás llegaré a entender qué es el arte.

 

 

 

 

Aturdida

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No sé cuántas veces me han dicho que te lo diga ni la cantidad ingente de veces que he pensado en ti, en llamarte; en decirte que estoy bien, que estoy aprendiendo mucho, que por fin creo que sé quién quiero ser.

A veces me paro a mirar postales, sin querer, solo por el absurdo placer de admirar cada una en detalle (las hay realmente bonitas) y luego pienso en cuál podría enviarte. Me imagino tu cara de ilusión al recibirla. Luego recuerdo que nunca he sido demasiado constante en eso de escribir -no hace falta decirlo a voces- y para evitar el sentimiento de culpa, hago los pensamientos a un lado y me pongo a hacer.

Ponerme a hacer, tratar de ser productiva, querer hacer algo de provecho. Algo que me inspire, que me haga crecer, que realmente me SIRVA. No como todos esos conceptos de marketing o de contabilidad que olvidaré (si aún no lo he hecho), sino más bien como cada una de las palabras de este idioma nuevo que mucha gente me está descodificando.

Sin embargo a veces necesito recordarme que me merezco un descanso, una tregua, hacerme el amor y declararme La Paz. Porque siento en el paladar el sabor a hierro después de un salto en el que caes sin amortiguar bien el golpe y necesito admitir que me he hecho daño. No se puede negar un desmayo, pues primero la vista se nubla, todo se ilumina de borrosidad y culminando con un arrodillamiento al que tu cuerpo te obligada, víctima de la falta de descanso de tu mente.

Me encantaría oírte al otro lado del móvil. En serio. Y lo más absurdo de todo esto es haberme dado cuenta una vez que te has ido que ya no puedo hacerlo. Cada domingo venías a casa y nunca tuve la sensación de que tuviéramos mucho en común. Yo siempre buscando irme y tú siempre queriendo quedarte, que me sentara un rato a tu lado después de la comida mientras todos tomabais café.

Quizás no supe que teníamos en común hasta que la retrospectiva me ayudara un poco a conocerte, pues en estos meses he aprendido que incluso sin tener mucho en común, puedes ser capaz de entenderte con alguien. A veces incluso sin mucha palabrería.

Siempre me hiciste sentir que tenía un lugar seguro, un respaldo, un apoyo. Un estandarte o un dolmen que se revolvía como si fuera la torre degli Asinelli en Bolonia, que harta de burlas de otras construcciones más toscas y robustas, se acomodó sobre sus pilares para formar su propia perspectiva. No sé de quién habré aprendido todo esto, pero desde luego nunca olvidaré cuando me enseñaste que ser honesto es la manera más justa de vivir, y que la felicidad atrae a carroñeros a los que debe ignorarse para mantener el status quo.

No sabría confesarte las razones por las cuales escribo esto, pero no necesito ninguna. Mas solo quería recordarte que permaneces aquí con más nitidez que antes de que te fueras. Y que te quiero.