Uno.

Estándar

No sé muy bien si fue el ruido del golpe o el  repentino dolor que sentí en mi nariz cuando,  mi cara se alejó en un parpadeo del mueble en el que esa cama se encontraba adosada. La verdad es que podría ser más incómoda (al menos no era tan dura como aquella vez en mi viaje a Estados Unidos, pero eso es otra historia) aunque la poca libertad de movimientos que me permitía mi cuello esa mañana dejaba claro que la almohada me traería problemas.

“¡¿A quién se le ocurre tener almohadas cuadradas?!” – pensé mientras dirigía mis manos hacia el foco del dolor. Sentía sabor a hierro en la lengua solo con acariciar suavemente la zona del tabique, aunque tampoco me preocupaba demasiado. “Total, si no hay sangre… ¡pero mira que soy bruta!”.

Al darme la vuelta pude llegar a la conclusión de por qué esa noche había dormido tan pegada a la pared: todavía no había solucionado el tema de las cortinas. Hacía dos días había llegado a ese pueblo de Alemania, Heidelberg; y sin persianas ni cortinas, añadido al factor de los amaneceres “madrugadores” (como a mí me gustaba llamarlos cariñosamente, porque no terminaba de convencerme eso de que el Sol saliera a sus anchas ya a las cinco de la mañana), me costaba un poco acostumbrarme.

A pesar de que intenté conciliar el sueño un rato más y poder disfrutar de mi mañana de domingo entre las sábanas; mis compañeros de piso ya se encontraban en marcha. No lograba todavía descifrar ni la mitad de lo que decían, pero no era la primera vez que me veía en una situación como esta.

Ya dada por vencida en la lucha contra mi desvelo matutino, decidí explorar aquella casa la cual sería mi hogar durante los próximos meses. No había gran cosa, pero para ser un piso de estudiantes estaba bastante bien: dos baños y una cocina bien equipada para cuatro estudiantes. Allí, al final del pasillo, justo al otro extremo de mi dormitorio, se encontraba la cocina. Nada más entrar, aunque no quisieras, te encontrarías de frente el río Neckar, acompañado de edificios modernos reflejando la luz en su fachada de cristal. Era una imagen que no me importaría ver en absoluto cada mañana durante una temporada antes de preparar mi desayuno.

Antes de que pudiera recordar que no tenía absolutamente nada que llevarme a la boca, me encontré de golpe –sí, porque fue una sorpresa realmente agradable- con toda una pared decorada, esta vez no con grandes carteles escritos en alemán o en inglés con cierto tono sarcástico (si es que los primeros, esos en alemán con sus declinaciones incomprensibles, seguían también esta tónica), sino con postales. Logré distinguir distintos países de Europa: Italia, Francia, Hungría… ¡Y España!

Me acerqué a examinar las imágenes más de cerca. Distinguí Toledo, Florencia, Roma, Londres… ¡Hasta Kyoto! Sin darme cuenta, estaba sonriendo y recorriendo sin mucho rumbo cada uno de los detalles de cada una hasta que la curiosidad metió la tercera marcha.

“Si son postales… Tendrá sentido que hayan sido enviadas desde ese lugar y no sean un simple objeto decorativo…”

No terminé de dibujar esa frase en mi mente cuando ya estaba tratando de despegar la esquina inferior derecha de una de las postales colocadas más en la parte exterior del rombo que configuraba el conjunto de suvenires colocado cuidadosamente sobre la pared, con la pintura sucia por la falta de una limpieza exhaustiva en un tiempo bastante prolongado.

Y no fue sorpresa cuando, fruto de mi gran destreza para llevar a cabo planes dignos de un espía de aquellas historias de ficción que tanto me gustaban; aquella pequeña carta sobre la cual hacía mi experimento, se despegó de la pared rugosa y cayó detrás del sofá. Nerviosa, me dirigí al suelo para averiguar cómo mover el sofá cubierto por una tela (la cual, por cierto, desprendía un olor parecido a algo que no ha sido lavado en una buena temporada) sin armar mucho jaleo desde el decimoprimer piso, un domingo, a las seis de la mañana.

En seguida, tranquilicé mis manos recordando que mis compañeros parecían estar fuera de casa y que andaba fuera de peligro de que me descubrieran hurgando, quizá, en cosas que no me incumbían. Pude mover el sofá (no sin una mueca de asco en la cara) y rescatar casi ilesa la pobre postal. Y digo “casi ilesa” porque no sabéis la cantidad de pelusas que había debajo de ese sofá.

No había una razón determinada por la cual había escogido empezar con esa imagen determinada; la verdad es que estaba justo a mi altura y en la parte exterior del mosaico que formaban el conjunto de ilustraciones en la pared. Recalco esto porque me pareció curioso no reconocer a simple vista el lugar de donde se enviaba.

Me encontré delante de lo que parecía  un conjunto de calles llenos de casas apelotonadas unas junto a otras, características por sus tejados rojizos. En las esquinas superiores había dos escudos, y como coronando la imagen, aparecía un rótulo que decía “Vienna, Austria”.

No sorprendería a nadie si le admitiera que lo siguiente que hice fue dirigirme a mi habitación con la postal en la mano con intención de poder observarla más detallada y tranquilamente a solas, sin correr el riesgo de que ninguno de mis compañeros apareciera en la cocina.

Una vez volví a mi sauna particular, me recliné en la silla de mi escritorio mientras sostenía la cartulina del tamaño de una foto entre mis manos. Sin pensármelo mucho, le di la vuelta para examinar el reverso y verificar si, como sospechaba, se trataban simplemente de objetos decorativos o, en realidad, eran correspondencia. He de reconocer que me decepcioné un poco cuando confirmé mis sospechas: la postal venía dirigida por una tal “Janine Aures” y tenía unas líneas escritas con una caligrafía muy pulcra y decorada. No, ese mal sabor de boca no fue consecuencia de esto, sino de que, si no me había equivocado; la redacción estaba en alemán y el hecho de no haber sido capaz de comprender todo claramente me chafó las expectativas.

Sin querer evitarlo, no aguanté mis ganas y alcancé mi teléfono y abrí una de las aplicaciones que tenía de diccionario. Comencé a introducir algunos de los sustantivos (los cuales pude distinguir porque se iniciaban en mayúscula) y alguna que otra palabra que me creó curiosidad y fui apuntando en un trozo de papel arrugado, en cuyo reverso había direcciones para llegar a los pisos -donde ahora vivía- desde la estación central de trenes de la ciudad.

Cuando terminé este proceso, pude interpretar un texto similar al siguiente:

Querida Margot:

Estoy contentísima en Viena. Llevo aquí un par de semanas y me encanta la diversidad de arte que se encuentra en esta ciudad. Sin embargo, siento que todavía no logro leer todo lo que quieren decir estos edificios. Tienen que tener un por qué, el arte es arte ya que también tiene una utilidad.

Te envío esta postal ya que no he podido sentirme afortunada por poder estar aquí. Se trata de una imagen de 1548, cuando la muralla fue terminada de construirse. Cuando vengas, te explicaré por qué hago hincapié en esta muralla y en los edificios de los que te hablaba antes.

Espero verte pronto por aquí.

Con amor,

Janine Aures.”