Estereotipos básicos

Estándar

¿Qué es turismo? ¿Qué es viajar? Bien. Muchos no habrán oído hablar del “Grand Tour” o esa mecha que dio lugar a lo que hoy conocemos como estos términos.

Todos tenemos claro que hay una serie de básicos inamovibles y esenciales para nuestra supervivencia, como alimentarnos o descansar. A pesar de que aún no parece estar demasiado claro el por qué es necesario dormir (o soñar), no hay que explicar por qué no podemos dejar de comer. Pero ni comer es alimentarse ni todos sabemos cocinar.

-A ver, a ver… Para un momento. Estás dándome más vueltas que un tiovivo en una feria. ¿Por qué empiezas con una cosa si no vas a terminar con ella para empezar con otra?

Aparte de que he crecido con la mala costumbre de oír a todos a mi alrededor comenzar frases que se quedan colgando a la mitad, siento que hemos empezado a confundir y a olvidar que tanto el turismo como la alimentación tienen mucho en común.

No se compra comida, se compran ingredientes que tienes que manipular para llegar a lo que queremos: nutrirnos, saciar nuestro apetito o simplemente por gula -simplificando, claro está, que ahora vendrán Yiannakis y Gibsons a dividir en más categorías dimensiones bipolares.

Una vez he dejado claro que la universidad me afecta mentalmente, retomo el hilo principal del pensamiento (aunque espero haber despertado la curiosidad en alguien que haya tenido la inquietud de querer saber más sobre estos autores que antes he mencionado). Bien, tenemos claro que a través de los alimentos conseguimos las aportaciones necesarias de diversidad de… -insértesen aquí la larga lista de proteínas, hidratos, vitaminas, grasas, etc. de las cuales ahora todos somos expertos entre tanto blog de fitness y obsesiones disfrazadas por los colectivos que quieren hacernos doctores en una materia que desconocemos-.

Vamos, que el cuerpo nos pide y nosotros le damos “lo que necesita” (porque claro, esa palmera de chocolate es totalmente necesaria para sobrevivir a otra hora de contabilidad financiera). Y aquí es cuando yo me pregunto ¿por qué no hacemos lo mismo al viajar? Ser capaces de reflexionar sobre lo que queremos de nosotros mismos para encontrar el equilibrio cuando fuera recibimos, tanto lo que buscábamos como lo que no. O peor aún: por qué hemos matado la curiosidad. Por qué ha surgido esa rivalidad por ver quién ha recorrido más kilómetros, quién ha publicado más selfies o quién ha pasado más horas volando gracias al queroseno.

Nos hemos olvidado de la calidad por la cantidad. Nos hemos quedado en la cifra del precio de ese viaje baratísimo a Kuala Lumpur, dejando que sea un número quien decida por nosotros el destino. Y no, no estoy defendiendo los grandes lujos (qué afortunado ese que puede irse a las Maldivas a todo lujo unos días ¿no?), ni defendiendo el “vagabundeo” incitado por Hollywood a coger una mochila en busca de una aventura sin plan ni calendario.

No hace falta coger ningún medio de transporte para viajar. Existen las historias como predecesor de esto y parece que las estamos olvidando. No escuchamos (yo la primera) a nadie, nos sentimos molestos cuando alguien descarga su cubo de opiniones y quejas -que no crítica, ojo- a los que nos hemos visto obligados a crecer.

Maduramos en un entorno hostil que nos mantiene esclavos del sistema de “esto es lo que tienes que hacer/pensar/aprender para que llegues a ser algo”.  Un “algo” definido por unos parámetros a mi parecer ya obsoletos y que nos arrebatan la creatividad, la cual acaba llevándose la imaginación y la motivación con ella.

Escuchad historias, aprended de ellas, documentaros antes de un viaje, preguntaros el por qué y no dejéis de mirar arriba cuando caminéis. Nos han enseñado a mirar por donde caminamos en vez de valorar todas las alternativas que tenemos, como si la alienación por la masa fuera para ella misma, para proteger al que controla y crear una ilusión al que se traga ese plato recalentado de “comida”.

Porque una piadina riminiense no sabe igual si te la hacen tus vecinos del tercero que si la compras en el Lidl en la semana de Italia. ¿O no? Aunque tampoco se puede depender siempre de un magnífico cocinero, señores. Hay que aprender sobre cocina, hay que aprender a viajar.

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