Támesis

Estándar

Por la forma en la cual los rayos de Sol se reflejaban sobre la escarcha que cubría la superficie del río, parecía que la primavera quería robarle protagonismo al invierno esa mañana. Las aguas parecían limpias a pesar de la gran cantidad de barcos que lo atravesaban a diario.

Cerca de la orilla, unos niños correteaban ajenos a la suciedad del Támesis; como si el olor putrefacto que emanaba del lugar no afectara a sus juegos de acertijos y escondites. Decidí acercarme a tirar piedras a los barcos con ellos para tener algo de compañía. Cuando estaba a unos pocos metros, el grupo paró de golpe. Me miraban fijamente a una distancia de unas pocas yardas, desde donde salieron corriendo dándome la espalda.

Decidí seguirlos y ordené a mis piernas que se movieran con la mayor rapidez posible. El viento frío cortaba mis labios y mis pies descalzos se resquebrajaban a cada paso por la gravilla del suelo. Frente a mí se alzaba entonces un edificio de magnitudes asombrosas.

No tenía total certeza de esto pero se decía que hacía años, ese majestuoso palacio (el cual me hacía darme cuenta de que era otra huérfana sin futuro al verme comparada con su grandeza) había sufrido un terrible incendio. Tampoco recordaba su reconstrucción. Para mí, siempre había tenido ese aspecto perpendicular, proyectando a través de la piedra una imagen de superioridad y estilo.

Me recordaba en cierto modo a esos carros de caballos los cuales imaginaba trasladando a pálidas, sílfides doncellas enjauladas en sus vestidos encorsetados, en silencio, dominando con su pasividad todo su entorno.

El bullicio de la mañana llegaba con el trajín de los mercados del lugar. Adoraba escabullirme entre las faldas de las señoras para tratar de robar alguna pieza de fruta ese día. Sin embargo, antes de que pudiera meterme en ningún lío, hubo alguien entre el gentío que me sacó de mis pensamientos.

Un hombre de cabellos rojizos paseaba jovialmente junto a otros dos hombres. Recuerdo que por unos instantes mis pies me llevaron hacia donde ellos estaban. Supe que me acercaba demasiado cuando el primero de ellos me miró fijamente y se dirigió a sus colegas un momento. Helada del susto, di media vuelta y salí disparada hacia ninguna parte.

El barullo, la aglomeración de comerciantes y compradores y mi pequeño tamaño me dejaron escabullirme como una liebre hacia una zona más alejada, donde encontré algunos árboles en los que descansar. Recogí los bajos de mi falda hecha jirones y trepé por el tronco. Adoraba las vistas de la ciudad desde un lugar más alto, así que era ya una experta escaladora.

No recuerdo mucho más de ese día, solo que cuando desperté el hombre de pelo cobrizo con el que había tenido el encuentro más temprano parecía alejarse de nuevo hacia el centro de la ciudad. Parecía suya la carta que encontré justo en el roble donde parecía haberse pausado hasta hacía unos momentos. Por suerte, parecía no haberse percatado de mi hambrienta compañía.

Cogí el trozo de papel y lo desdoblé cuidadosamente, en él pude encontrar las siguientes líneas:

Querido Theo:

En mi última carta al tío Hein incluí una pequeña nota para ti. Me pregunto si tuviste la oportunidad de estar en Helvoirt para el cumpleaños de madre y si lo disfrutaste.

¿Recibiste mi carta y mi litografía después de Weissenbruch? Las dejé en la caja con el resto de fotografías. Oh, viejo amigo… Estoy deseando que vengas a visitarme para poder enseñarte este lugar, especialmente el nuevo alojamiento del que te escribí la última vez. Ahora por fin tengo la habitación que siempre deseé, sin un techo abuhardillado lleno de humedades verdosas y azuladas. Comparto el lugar con otras personas ahora; regentan una escuela para niños.

He estado esta mañana en barco por el Támesis acompañado de dos caballeros ingleses. Ha sido glorioso. Ayer estuve en una exposición de arte belga. Cuando me di cuenta de que se asimilaba a las pinturas de las exhibiciones de Bruselas. Ya te escribiré más sobre ella. He hecho un boceto de uno de los edificios más significativos de esta ciudad.

Adieu, querido. Te envío mis mejores deseos y espero recibir correspondencia tuya pronto.

V.

Al dar la vuelta al papel, encontré la ilustración a la que hacía mención en la carta. Sin embargo, cuando levanté la cabeza para devolverle su correspondencia, estaba sola de nuevo.

 

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2 comentarios en “Támesis

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