Los pinceles mustios

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Mi querido Sr. Levens[1],

Desde que estoy aquí en París he pensado mucho en ti y en el trabajo. Recodarás que  me gustaba tu color, tus ideas sobre arte y literatura y debo añadir, por encima de todo tu personalidad. Ya había pensado antes en que debería hacerte saber cómo me iba, dónde estaba. Lo que me contenía era el que me he dado cuenta de que venir a París es mucho más costoso que vivir en Amberes y teniendo en cuenta que no conoces el lugar no me atrevería a decir, venir a París desde Amberes sin advertirte de esta situación y que si uno es pobre debe sufrir muchas calamidades –como ya debes imaginar-. Pero por otro lado está la posibilidad de vender. También hay bastantes oportunidades para poder intercambiar dibujos con otros artistas. En pocas palabras, con mucha energía, con un honesto sentimiento personal del color en la naturaleza un artista puede venir aquí a pesar de los obstáculos. Y tengo la intención de permanecer en este lugar por más tiempo.

Hay mucho que ver aquí – por ejemplo Delacroix, por mencionar a un maestro. En Amberes ni siquiera había oído hablar de los impresionistas, ahora los he podido conocer a pesar de no ser parte de ellos de momento así como he admirado algunas obras impresionistas –el desnudo de Degas o los paisajes de Monet-.

Hace poco tuve el placer de intercambiar unos tragos con mi buen amigo Lautrec. Como bien te he hecho sentir antes, calmar el hambre no es tan difícil para todos por aquí. La compañía que tenía aquella noche me iluminaba como el reflejo de los carteles luminosos de aquellas calles sobre los locales donde nos encontrábamos -resultaba esperpéntico para mí pensar que un artista decidiera sacrificar su propia voluntad y entregar sus trazos a la paleta de cualquier…-. De no haber sido por la casualidad de nuestro encuentro, aquella noche habría sido la quinta en esta semana sin llevarme nada a la boca.

He tenido problemas para poder pagar a modelos y de no haber sido por ello me habría volcado en cuadros de figuras. Sin embargo,  he hecho series de estudios de color en dibujos, flores sencillas, amapolas rojas, acianos y pensamientos azules, rosas blancas y rosadas, crisantemos amarillos en contraposición con azul y naranja, rojo y verde, amarillo y violeta buscando “les tons rompus et neutres” [2]para armonizar los extremos. Trato de rebajar la intensidad de los tonos sin que tampoco sea una armonía de grises. Como dijimos aquella vez: buscar vida en el color del dibujo implica modelar con color. He hecho una docena de paisajes también.

Aquella misma mañana, el sol se partía a través de los árboles en los jardines de Luxemburgo, creando sombras y haciendo brillar todo un cuadro cromático de flores. Esta imagen venía acompañada al son de las risas de los transeúntes, ya sin la mirada perdida, como con un sentimiento de melancolía más propio del invierno. Los colores de las flores que brotaban en esa mañana cálida impregnaban el aire de fragancias. Amigo mío… puede que no solo la luz despierte los sentidos, es capaz hasta de atraer a cualquier iluminado con alas que vaga en su oscuridad.

El movimiento en los vestidos de las damas, perfectamente alineados por cada pliegue, cada repunte en la falda. Y a pesar de la ligereza que emitían a dar cada paso, no podía si no perderme en el vaivén de la marea que parecía aquella falda azul cobalto daba la impresión de acariciar la acera con la sutileza de las olas y a medida que rompían y se desvanecían en la arena, aparecían otras como flores que brotan tras el invierno. Esas imágenes aún ahora me traen ese sentimiento de serenidad, y lo que es mejor, los bocetos que tomé hasta ese momento del día agudizan esa sensación cada vez que los miro.

Más tarde aquella noche, volvía sintiendo la pendiente del terreno agudizarse mientras que la luz de las farolas parecía tiritar de frío. Mi mente divagaba entonces si tendría la fortuna de cruzarme con alguien que me invitara a un par de tragos y me contara alguna historia que mereciera la pena. Disfruté de los contrastes entre los edificios por los que pasé. Deambulé imaginando cómo se habían valorado esas obras descomunales en el momento de ser descubiertas por primera vez ante un público. En ocasiones me pregunto si es el verdadero artista quien no se abruma ante la idea de que su obra será estrenada por cada individuo con la que interactúe o si se trata de un acto aislado en el tiempo. Cuando llegué a la altura de Folies Bergère pude distinguir el caminar de mi buen amigo Lautrec.

Me estuvo contando con brillo en los ojos su asistencia al estreno de la ópera que te había mencionado antes. Bromeó sobre la posible reacción de Degas visto el sentimiento de rechazo hacia la opinión que mostró el público al finalizar el acto. Según él, no entienden la vida del artista. Según terminó de darme todo lujo de detalles sobre las expresiones de horror que se mezclaban a la salida del acto, procedimos a entrar a darnos el gran festín de cada noche a uno de esos lugares donde al traspasar la puerta conectabas con otra realidad.

Entonces, como si se activara un mecanismo secreto cuando se abre la puerta de aquellos lugares, entramos en otra realidad. La luz era tenue sin que el ambiente fuera lúgubre en absoluto. El estrambótico mobiliario que adornaba el espacio resultaba de lo más común cuando nos vimos ya servidos, cortesía de algún conocido de mi acompañante, quien estaba algo más acostumbrado a estos agasajos. Para no romper con la tradición, sacó de sus enseres algunos papeles de boceto y comenzó a trabajar concienzudamente en uno de los carteles a los que tanto tiempo dedicaba. Aproveché aquel momento para terminar uno de los bocetos que hice más temprano aquel día. Te adjunto uno del Panteón. No pude evitar parar unos minutos a observar el abanico de colores que rebotaba contra el mármol de las columnas. Puede que fuera el impacto que creó en mí el contemplar a tal cantidad de gente bien vestida disfrutando de la liberación de la penumbra.

Una vez hubo terminado sus quehaceres, recogí mis enseres. Compartí las conclusiones a las que había llegado y discutimos sobre la necesidad de vender tus ideas y doblegar los instintos del pintor. Al parecer, yo no estaba en posición de defender el arte por el arte pues en esa pena infame, hasta los pinceles parecían volverse mustios al sentir el rugido de mi estómago.

Lo único que me mantiene cuerdo ahora mismo es la compañía de otros colegas con los que poder trabajar en conjunto. Estoy esforzándome por mi vida y mi progreso artístico. Ahora me gustaría mucho que decidieras visitarme aquí algún día, aunque tengo pensado mudarme a la tierra de los azules y los vibrantes colores del sur de Francia.

De cualquier modo, escríbeme y da recuerdos.

Un cordial apretón de manos,

Tu amigo Vincent.

[1] Carta escrita originalmente en inglés por Vincent Van Gogh al pintor inglés Horace M. Livens, a quien había conocido en Amberes. El texto está traducido personalmente y se le añaden algunos detalles para darle sentido a la historia.

 

[2] Tons neutres del francés “tonos neutros”. Se refiere a la gama de grises.

Tons rompus, tonos en los cuales la luminosidad se atenúa añadiendo colores complementarios.

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