Del carruaje al tranvía

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La cuestión es que creo que hay un tranvía que nos lleva por toda la Ringstraβe… Pero no estoy segura de si el precio está incluido en este ticket de transporte.- le comentaba la muchacha con vaqueros y de pelo largo y azul a su compañera mientras le enseñaba algo en la cámara.

Podemos probar y preguntar, ya que estamos cerca.- Respondió ella con una sonrisa, que miraba por encima de su amiga la foto con la información acerca de los horarios.

Las dos muchachas se dirigieron hacia el grupo de turistas que esperaba la llegada del tren, enfundados en sus chaquetas, aglomerados entre las mochilas de otros viajeros que esperaban junto a ellos. No parecía que fuera una mañana de agosto con el viento agitando las hojas de los árboles del paseo, que se perdían entre los nubarrones grises que se veían entre los adornados edificios de aquella avenida principal.

Entre todo aquel tumulto era imposible adivinar la llegada del trenecito de no ser por la repentina reacción que llevó a unos pocos a alborotarse y a reordenarse. Finalmente, la más alta de ellas pudo ver el aspecto antiguo, revestido de madera sin brillo y a un ritmo sereno llegaba el tranvía haciendo anuncio de su llegada con una melodía aguda e irritante.

Una vez hubieron enseñado su billete a la entrada, repasaron con la vista aquel curioso lugar. Daba la sensación de que se tratara más bien de una locomotora de juguete hecha a escala para ser capaz de seducir a un adulto a tomar asiento de frente a los ventanales con los que contaba a sus laterales. Y a pesar de lo poco convencional del asiento, ninguno de los allí presentes frunció el ceño como respuesta, sino más bien lo contrario, pudiendo adivinar en sus gestos el alivio de poder saciar su sed por gozar de unas buenas vistas. Ninguna de las dos intercambió una sola palabra acerca de esto.

¿Qué es lo que más te gustó visitar ayer? –se dirigió a Janine mientras limpiaba la lente de su cámara antes de que el tour iniciara-.

La verdad es que me gustó especialmente el mariposario. Evidentemente, todos los edificios que hay son maravillosos, pero eso me resultó diferente e imagino que por eso me impactó. No esperaba encontrar algo así en este viaje.

El tranvía anunció su partida con dos silbidos y se deslizó sobre los raíles lentamente, como si tomara el ritmo hacia otra época en la que el caos de la ciudad no llevaba a la gente a correr de un lado para otro pendiente del minuto anterior.

A medida que se desdibujaba la figura del Parlamento a la lejanía, como si de un espejismo se tratara, dos gotas de agua en forma de edificio se presentaron ante las muchachas.

Los museos de historia natural y de historia del arte – continuó Janine señalando en su mapa.

Me gustaría bajar para verlos más de cerca. Desde aquí no logro diferenciarlos.

¡Podrías hacer fotografías para buscar las siete diferencias!

Ambas comenzaron a reír y aquel aparato anunció de nuevo una parada en aquel lugar. Recogieron sus chaquetas y caminaron hacia la plaza de María Teresa, donde se pararon a estudiar las diferencias. Sonia le preguntaba a Janine por cada estatua que adornaba las fachadas entre las columnas de aquellos museos. Compartían información sobre la mitología griega y debatían sobre la brecha entre la ciencia y el arte así como su disconformidad con ello.

Pasaron unos cuarenta minutos hasta que comenzaron a advertir unos carruajes desde el este de la ciudad. No les habría resultado extraño de no ser porque toda la calle parecía haberse colapsado con carros guiados por caballos. Advirtieron que el estilo de esos coches era mucho más esbelto y embelesado que los que habían visto recorrer las calles de la ciudad el día anterior.

¿Crees que hoy será un día especial? Preguntó Janine, extrañada.

No tengo ni la menor idea. Respondió Sonia, al tiempo que se dirigió hacia la calle del Burgring en dirección a la Opernring, adónde parecían tener intención de llegar aquella gente.

La gente parecía clavar las miradas en aquellas dos muchachas, como si de seres extraños se tratara. A medida que iban avanzando, la tónica se mantenía en las reacciones de aquellos con los que se cruzaban. Ellas, sin embargo, admiraban ojipláticas los trajes que lucían las mujeres, ya a lo lejos, entrando a la Ópera. Los caballos que tiraban de aquellas carrozas, bien aseados y emperifollados. Con adornos dorados en sus crines y correas.

No consiguieron acercarse mucho más, pues de pronto, un gran estruendo vino de detrás de ellas. Un golpe seco y sordo que aturdió a las viajeras y las llevó a correr hacia la academia de arte, a la altura de donde se encontraban.

Sonia empezó a toser y paró en seco. Su vista se nublaba por momentos y perdió a Janine. Se echó a un lado y apoyó su cabeza entre las flores que había alrededor de aquel edificio y se centró en respirar. Sintió una vez más ese ruido ensordecedor más cerca y detrás de ella, lo cual hizo que se agitara y rebotara de un salto, incorporándose.

Al abrir los ojos, allí estaba Janine, sentada a su lado, escribiendo una postal en un banco. Desorientada, Sonia le preguntó acerca de lo ocurrido. Al parecer, el billete que tenían para el transporte no contemplaba el precio del tranvía, así que no podían tomar esa opción.

Es curioso que hayas soñado acerca de la Ópera, justamente esta era la postal que estaba escribiendo ahora mismo.

¿Y si te cuento que creo que pasaba algo?

¿Qué pasaba qué?

No lo sé, algo tenía que pasar en la Ópera ese día para que hubiera tanta gente.

Vamos a averiguarlo.