Aturdida

Estándar

No sé cuántas veces me han dicho que te lo diga ni la cantidad ingente de veces que he pensado en ti, en llamarte; en decirte que estoy bien, que estoy aprendiendo mucho, que por fin creo que sé quién quiero ser.

A veces me paro a mirar postales, sin querer, solo por el absurdo placer de admirar cada una en detalle (las hay realmente bonitas) y luego pienso en cuál podría enviarte. Me imagino tu cara de ilusión al recibirla. Luego recuerdo que nunca he sido demasiado constante en eso de escribir -no hace falta decirlo a voces- y para evitar el sentimiento de culpa, hago los pensamientos a un lado y me pongo a hacer.

Ponerme a hacer, tratar de ser productiva, querer hacer algo de provecho. Algo que me inspire, que me haga crecer, que realmente me SIRVA. No como todos esos conceptos de marketing o de contabilidad que olvidaré (si aún no lo he hecho), sino más bien como cada una de las palabras de este idioma nuevo que mucha gente me está descodificando.

Sin embargo a veces necesito recordarme que me merezco un descanso, una tregua, hacerme el amor y declararme La Paz. Porque siento en el paladar el sabor a hierro después de un salto en el que caes sin amortiguar bien el golpe y necesito admitir que me he hecho daño. No se puede negar un desmayo, pues primero la vista se nubla, todo se ilumina de borrosidad y culminando con un arrodillamiento al que tu cuerpo te obligada, víctima de la falta de descanso de tu mente.

Me encantaría oírte al otro lado del móvil. En serio. Y lo más absurdo de todo esto es haberme dado cuenta una vez que te has ido que ya no puedo hacerlo. Cada domingo venías a casa y nunca tuve la sensación de que tuviéramos mucho en común. Yo siempre buscando irme y tú siempre queriendo quedarte, que me sentara un rato a tu lado después de la comida mientras todos tomabais café.

Quizás no supe que teníamos en común hasta que la retrospectiva me ayudara un poco a conocerte, pues en estos meses he aprendido que incluso sin tener mucho en común, puedes ser capaz de entenderte con alguien. A veces incluso sin mucha palabrería.

Siempre me hiciste sentir que tenía un lugar seguro, un respaldo, un apoyo. Un estandarte o un dolmen que se revolvía como si fuera la torre degli Asinelli en Bolonia, que harta de burlas de otras construcciones más toscas y robustas, se acomodó sobre sus pilares para formar su propia perspectiva. No sé de quién habré aprendido todo esto, pero desde luego nunca olvidaré cuando me enseñaste que ser honesto es la manera más justa de vivir, y que la felicidad atrae a carroñeros a los que debe ignorarse para mantener el status quo.

No sabría confesarte las razones por las cuales escribo esto, pero no necesito ninguna. Mas solo quería recordarte que permaneces aquí con más nitidez que antes de que te fueras. Y que te quiero.

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