Vigésimo cuarta instrospección nocturna.

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Y digo vigésimo cuarta como quien dice piña. Bueno… más bien como cuando yo digo eso, ya que para algo está esto aquí escondido en un rincón oscuro de internet donde absolutamente nadie entra a cotillear. Puede que sea por eso que sea la segunda vez que escriba en menos de una semana. Definitivamente, creo que estoy enferma.

Esta absurda manía mía de volver a escribir… ¿Qué me habrá picado para haber dicho chorradas esta mañana del nivel “creo que tengo la enfermedad del artista… algo así como que no me siento reflejada en nada de lo que leo, escucho, veo…“? Y ojo, que esta noche he vuelto a compartir esta sátira a la filosofía digno de libro de autoayuda-paulocoehlista.

Si yo hacía años que no escribía… porque no tenía nada que decir… O sí. Creo que realmente lo que me apura es saber que mi lírica y mi retórica dejan enormes distancias primero entre lo que siento (y no sé descifrar) y lo que digo -y los innumerables pasos intermedios cuya amplitud difiere un rango desde el “espera, esto lo tengo super claro” a “no tengo ni puta idea de lo que estoy diciendo”- así como en ser clara entre tanto MALDITO PARÉNTESIS.

Pues eso mismo, que intento ponerme poética y al final acabo tecleando como si fuera un mensaje  nota de audio de WhatsApp a mi mejor amiga haciendo reporte de la batalla la mañana de después.

Después de tanta charla y paja (si no, no sería yo, véase la cantidad de pausas absurdas que meto), vengo a vomitar aquí unas reflexiones que han desbordado unas cuantas idas y venidas que han estado rugiendo por la azotea estos días. El artículo al que quiero hacer referencia es el siguiente: http://www.revistagq.com/noticias/cultura/articulos/vivvir-en-el-extranjero-bilingue/25379 y en el cual el autor refleja sus pensamientos acerca de la barrera del idioma después de llevar cuatro años viviendo en Nueva York. Vamos, que el bilingüismo es un semi-espejismo el cual se transforma en una barrera virtualmente intransferible. Hace mención a que llega un punto en el que dejas de exigirte tanto a nivel personal -a nivel laboral ya es otro cantar- y decides aceptar y convivir con el hecho de que estás en desigualdad.

Y remarco este último término porque ha habido un par de párrafos que han aliviado un poco esa sensación de vacío que el puñado de libros que me he ido trayendo -y comprando en la sección de internacional-, mis blocs de dibujo o mi ukelele no llenaban. Y creo que en parte a veces todo ello no puede llegar a conectar conmigo simplemente porque me falta práctica. Como con nuestro queridísimo alemán.

Creo que parte de culpa de que esté a las mil y monas escribiendo a la nada es que quizá eche de menos también dejar mis textos por alguna parte. Soltar lo que pienso directamente, sin pelearme con las cuatro cuerdas de nylon que no me dan el acorde que quiero -normal, si hace más de diez años que no estudio música debidamente-. Me faltan horas, me falta entender. Quizá la liberación que me produce hablarme a mí misma en mi propio idioma me hace recordar de dónde vengo y hacia dónde quiero ir ahora que me siento más sola, perdida y aislada del mundo. Pero eh, estoy de puta madre. 

Hay semanas que realmente la ansiedad me ha comido viva. De hecho, sigue ahí -debe ser que ha pillado postura-, pero estoy utilizando mis poderes de “supersobreanalizarypensardemáslascosas” para pararme a no pensar. Sí. Exacto. No pensar.

Me he dado cuenta de la falta de empatía me ha llevado a un estado de apatía donde ya no disfruto de las cosas, porque ese no es el objetivo. He dejado de hacer las cosas con pasión para hacerlas como rutina, como un obstáculo que debes superar cada día. Cada pequeña conversación, cada gesto de aceptación, cada pequeña cortesía es como un ataque hacia mi futuro. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué te comportas de esta manera conmigo? Al mismo tiempo, creo que la gente no es capaz de entender el esfuerzo titánico que supone estar lejos y bien de ánimos al mismo tiempo.

Nunca he sido demasiado dependiente o apegada, es más, en los últimos cinco años, tres he estado fuera -y aquí sigo-. Voy y vuelvo y tras la hostia de realidad de la primera vez, cuando solo tras casi siete meses todo era totalmente diferente; todo se hace más fácil… O eso pensaba, más que nada por el tema del apego. Por el contrario, he aquí donde está el quid de la cuestión: me han dejado de mover por dentro las personas. Sin embargo, no creo que sean todas, puede que simplemente sea que me he puesto tanta distancia de dentro hacia fuera que haya dejado de confiar en la gente. Esto, sumado a al dificultad de tratar de leer a alguien a quien no puedes seguir al 100% (y quien, por cierto, SORPRESA: no puede seguirte a ti tampoco al 100%, aunque sea en otro idioma o mezclando varios).

Puede que me esté dando cuenta de que eso que decían de que “emigrar es duro” o que “nunca encuentras tu sitio realmente fuera de casa” tienen cierto sabor amargo, a verdad. Si bien es cierto que la última sentencia no es precisamente algo que me aplique, pues siento que tengo muchas casas y que ninguna me pertenece, y aquella a la que llamo así por conveniencia no es más que el lugar donde viven mis padres. Pero imagino que es el daño colateral de mi experiencia.

Bien, hasta aquí creo que ya me he excedido en honestidad y en dar bastante grima.

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