Análisis de situación y ataque A la ansiedad

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No quiero buscar un Ausbildung en ningún sitio específico porque no sé exactamente si quiero estar en el mismo sitio durante, al menos, unos tres años. Acortémoslo como “inviabilidad en movimiento”. Descartamos pues esa idea y buscamos cursos o master. Dentro de esta categoría haremos sucesivas incursiones a lo largo de los momentos de ansiedad-respiración-análisis-vómito-restauración del orden natural de las cosas; pero dejaremos caer qué pasa con el tema diseños/tatuaje.

Ojalá me dejen una máquina y un par de materiales para ir moviéndome y aprendiendo la técnica. Qué peligro tengo yo con una de esas… aunque la experiencia de la semana pasada espero que me sirva de recordatorio y no vuelva a usarme de conejillo de indias visto que los puntos me salen de todo, menos redondos.

Tengo claro que estoy estallando después de muchos años viviendo en una rutina que oprimía mis posibilidades y, más importante: mis deseos, mis incentivos, mis metas. Aquello por lo que me levanto cada mañana con algo más de aire en los pulmones: tener el tiempo para poder dedicarle un poquitín a algo que realmente me apasione.

Quiero eso. Quiero mi tiempo. Quiero ser dueña de mi vida. Sé que es lo que tengo que cambiar ahora, o lo que siento que son mis prioridades en este momento respecto a la rutina y a tener mis necesidades básicas cubiertas. Y no hay que angustiarse porque todo vendrá en su momento. Hay que moverse, pero no hay que olvidar que por mucho que corras o vueles, sigues bajo la fuerza de la gravedad y esa rueca acaba girando también.Por eso quiero decirme que está bien sentirse aturdido a veces. Incomprendido, solo, como un impostor. Todos lo somos, solo que se me había olvidado. No importa que no me sienta preparada, nunca lo voy a estar. Solo tengo que seguir disfrutando, porque si no, todo habrá sido en vano.

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Vigésimo cuarta instrospección nocturna.

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Y digo vigésimo cuarta como quien dice piña. Bueno… más bien como cuando yo digo eso, ya que para algo está esto aquí escondido en un rincón oscuro de internet donde absolutamente nadie entra a cotillear. Puede que sea por eso que sea la segunda vez que escriba en menos de una semana. Definitivamente, creo que estoy enferma.

Esta absurda manía mía de volver a escribir… ¿Qué me habrá picado para haber dicho chorradas esta mañana del nivel “creo que tengo la enfermedad del artista… algo así como que no me siento reflejada en nada de lo que leo, escucho, veo…“? Y ojo, que esta noche he vuelto a compartir esta sátira a la filosofía digno de libro de autoayuda-paulocoehlista.

Si yo hacía años que no escribía… porque no tenía nada que decir… O sí. Creo que realmente lo que me apura es saber que mi lírica y mi retórica dejan enormes distancias primero entre lo que siento (y no sé descifrar) y lo que digo -y los innumerables pasos intermedios cuya amplitud difiere un rango desde el “espera, esto lo tengo super claro” a “no tengo ni puta idea de lo que estoy diciendo”- así como en ser clara entre tanto MALDITO PARÉNTESIS.

Pues eso mismo, que intento ponerme poética y al final acabo tecleando como si fuera un mensaje  nota de audio de WhatsApp a mi mejor amiga haciendo reporte de la batalla la mañana de después.

Después de tanta charla y paja (si no, no sería yo, véase la cantidad de pausas absurdas que meto), vengo a vomitar aquí unas reflexiones que han desbordado unas cuantas idas y venidas que han estado rugiendo por la azotea estos días. El artículo al que quiero hacer referencia es el siguiente: http://www.revistagq.com/noticias/cultura/articulos/vivvir-en-el-extranjero-bilingue/25379 y en el cual el autor refleja sus pensamientos acerca de la barrera del idioma después de llevar cuatro años viviendo en Nueva York. Vamos, que el bilingüismo es un semi-espejismo el cual se transforma en una barrera virtualmente intransferible. Hace mención a que llega un punto en el que dejas de exigirte tanto a nivel personal -a nivel laboral ya es otro cantar- y decides aceptar y convivir con el hecho de que estás en desigualdad.

Y remarco este último término porque ha habido un par de párrafos que han aliviado un poco esa sensación de vacío que el puñado de libros que me he ido trayendo -y comprando en la sección de internacional-, mis blocs de dibujo o mi ukelele no llenaban. Y creo que en parte a veces todo ello no puede llegar a conectar conmigo simplemente porque me falta práctica. Como con nuestro queridísimo alemán.

Creo que parte de culpa de que esté a las mil y monas escribiendo a la nada es que quizá eche de menos también dejar mis textos por alguna parte. Soltar lo que pienso directamente, sin pelearme con las cuatro cuerdas de nylon que no me dan el acorde que quiero -normal, si hace más de diez años que no estudio música debidamente-. Me faltan horas, me falta entender. Quizá la liberación que me produce hablarme a mí misma en mi propio idioma me hace recordar de dónde vengo y hacia dónde quiero ir ahora que me siento más sola, perdida y aislada del mundo. Pero eh, estoy de puta madre. 

Hay semanas que realmente la ansiedad me ha comido viva. De hecho, sigue ahí -debe ser que ha pillado postura-, pero estoy utilizando mis poderes de “supersobreanalizarypensardemáslascosas” para pararme a no pensar. Sí. Exacto. No pensar.

Me he dado cuenta de la falta de empatía me ha llevado a un estado de apatía donde ya no disfruto de las cosas, porque ese no es el objetivo. He dejado de hacer las cosas con pasión para hacerlas como rutina, como un obstáculo que debes superar cada día. Cada pequeña conversación, cada gesto de aceptación, cada pequeña cortesía es como un ataque hacia mi futuro. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué te comportas de esta manera conmigo? Al mismo tiempo, creo que la gente no es capaz de entender el esfuerzo titánico que supone estar lejos y bien de ánimos al mismo tiempo.

Nunca he sido demasiado dependiente o apegada, es más, en los últimos cinco años, tres he estado fuera -y aquí sigo-. Voy y vuelvo y tras la hostia de realidad de la primera vez, cuando solo tras casi siete meses todo era totalmente diferente; todo se hace más fácil… O eso pensaba, más que nada por el tema del apego. Por el contrario, he aquí donde está el quid de la cuestión: me han dejado de mover por dentro las personas. Sin embargo, no creo que sean todas, puede que simplemente sea que me he puesto tanta distancia de dentro hacia fuera que haya dejado de confiar en la gente. Esto, sumado a al dificultad de tratar de leer a alguien a quien no puedes seguir al 100% (y quien, por cierto, SORPRESA: no puede seguirte a ti tampoco al 100%, aunque sea en otro idioma o mezclando varios).

Puede que me esté dando cuenta de que eso que decían de que “emigrar es duro” o que “nunca encuentras tu sitio realmente fuera de casa” tienen cierto sabor amargo, a verdad. Si bien es cierto que la última sentencia no es precisamente algo que me aplique, pues siento que tengo muchas casas y que ninguna me pertenece, y aquella a la que llamo así por conveniencia no es más que el lugar donde viven mis padres. Pero imagino que es el daño colateral de mi experiencia.

Bien, hasta aquí creo que ya me he excedido en honestidad y en dar bastante grima.

Léeme la voz, que las palabras se resbalan hacia dentro.

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Necesito que me escuches susurrando porque he perdido de vista a mi voz siguiendo el hilo. Normal quedarse sin rumbo cuando tienes que usar tus oídos para ver, para continuar.

Hace tiempo que todos me molestan, que todo me retumba. Creo que fue el temporal de viento. La gente dice que todo salió bien, pero esa noche yo creo que se me escapó algo volando. Desde entonces no consigo descansar como antes porque sé que hay un par de ideas que ya no van a volver y rebusco de manera obsesiva para darme cuenta de que he olvidado hasta los detalles de la lógica de Aristóteles.

En fin, pues si hemos perdido la capacidad de razonar, entonces no me queda otra que divagar entre mis pensamientos sin tener ni idea de en qué idioma me están hablando, o de si apenas murmuran. Creo que el problema es que he dejado de pensar.

Siempre había infravalorado la capacidad de comunicarse. Mediante palabras, imágenes y hasta gestos. A día de hoy, sin embargo, me doy cuenta de lo poco que lo hago y de lo fatídico que es no encontrar aquello que baile al ritmo de mi cabeza mediante los pasos de mis labios, esos que ya no saben ni besarte porque desde el estómago están vacíos los sueños.

Todo lo que me parecía sencillo o evidente ha perdido todo su sentido y viene para martirizarme por el día  -recordándome que debo leer sin saber qué escoger- y por la noche, cuando no sé si arrepentirme antes de que lo hagas tú cualquier miércoles de estos.

Quizá esté aceptando que vivo con miedo, como otro humano más. Lo que ya no tengo tan claro es si eso nos hace adultos o si esta teoría confirma mis sospechas de que jamás maduraré porque no tengo la capacidad ni habilidad para ello. Pues cada día encuentro más difícil levantarme, sonreír y tirar hacia delante.

Tampoco quiero decir que no quiera salir de la cama -que a veces, tampoco, para qué engañarnos-, pero necesito aprender a volver a pasar los días dejando de sentir tanto eco en mi estómago. Ya no es el hambre lo único que me hace sentir vacía, es la pena de saber que jamás llegaré a entender qué es el arte.

 

 

 

 

Aturdida

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No sé cuántas veces me han dicho que te lo diga ni la cantidad ingente de veces que he pensado en ti, en llamarte; en decirte que estoy bien, que estoy aprendiendo mucho, que por fin creo que sé quién quiero ser.

A veces me paro a mirar postales, sin querer, solo por el absurdo placer de admirar cada una en detalle (las hay realmente bonitas) y luego pienso en cuál podría enviarte. Me imagino tu cara de ilusión al recibirla. Luego recuerdo que nunca he sido demasiado constante en eso de escribir -no hace falta decirlo a voces- y para evitar el sentimiento de culpa, hago los pensamientos a un lado y me pongo a hacer.

Ponerme a hacer, tratar de ser productiva, querer hacer algo de provecho. Algo que me inspire, que me haga crecer, que realmente me SIRVA. No como todos esos conceptos de marketing o de contabilidad que olvidaré (si aún no lo he hecho), sino más bien como cada una de las palabras de este idioma nuevo que mucha gente me está descodificando.

Sin embargo a veces necesito recordarme que me merezco un descanso, una tregua, hacerme el amor y declararme La Paz. Porque siento en el paladar el sabor a hierro después de un salto en el que caes sin amortiguar bien el golpe y necesito admitir que me he hecho daño. No se puede negar un desmayo, pues primero la vista se nubla, todo se ilumina de borrosidad y culminando con un arrodillamiento al que tu cuerpo te obligada, víctima de la falta de descanso de tu mente.

Me encantaría oírte al otro lado del móvil. En serio. Y lo más absurdo de todo esto es haberme dado cuenta una vez que te has ido que ya no puedo hacerlo. Cada domingo venías a casa y nunca tuve la sensación de que tuviéramos mucho en común. Yo siempre buscando irme y tú siempre queriendo quedarte, que me sentara un rato a tu lado después de la comida mientras todos tomabais café.

Quizás no supe que teníamos en común hasta que la retrospectiva me ayudara un poco a conocerte, pues en estos meses he aprendido que incluso sin tener mucho en común, puedes ser capaz de entenderte con alguien. A veces incluso sin mucha palabrería.

Siempre me hiciste sentir que tenía un lugar seguro, un respaldo, un apoyo. Un estandarte o un dolmen que se revolvía como si fuera la torre degli Asinelli en Bolonia, que harta de burlas de otras construcciones más toscas y robustas, se acomodó sobre sus pilares para formar su propia perspectiva. No sé de quién habré aprendido todo esto, pero desde luego nunca olvidaré cuando me enseñaste que ser honesto es la manera más justa de vivir, y que la felicidad atrae a carroñeros a los que debe ignorarse para mantener el status quo.

No sabría confesarte las razones por las cuales escribo esto, pero no necesito ninguna. Mas solo quería recordarte que permaneces aquí con más nitidez que antes de que te fueras. Y que te quiero.

Ir con la maleta ordenada y volver metida en ella.

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He vuelto a Berlín. Sin ti y en coche. Sin tener que correr por andenes holandeses con una mochila cargada con piedras.

He vuelto a Alemania sin que vinieras a buscarme. Ya estás tú dejándote encontrar por otra sonrisa, que por cierto -y no es por rencor- no tiene nada que envidiarle a la mía.

He vuelto a darme cuenta de que no quiero perderme. Por eso igual me siento actriz y canto cada mañana -y eso que no soporto los musicales- como si me diera igual saber que dentro de mí nada se mueve a excepción de mi egoísmo.

He vuelto a enamorarme de mí y eso es lo que importa. No me quedaba nada en qué creer y mientras dejo que las olas me golpeen, mis pies inmóviles en mi pecho callan.

He vuelto a añorar el silencio hace unas semanas. Creo que necesito tiempo. Por mí, para mí. Debería aprender más cosas, pues me siento una ignorante. Y, sin embargo, últimamente podría admitir que he estado siendo feliz.

He vielto a sentirme triste, pero sin que el causante sea alguien que no sea yo. Y eso me enorgullece.

¡Ah! Y he vuelto a ver mis estadísticas. Es bonito saber que tengo un sitio donde escribir sin que nadie me lea.

Decimocuarta luna de Saturno.

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Te recordaré, bañada por las luces cálidas que se forman entre los prismas de humo,

Buceando entre la gente que alza sus miradas desde el barco neoplateresco que cruza el cielo de la Gran Vía,

Por cada anécdota que nos ha hecho cómplices de gestos, expresiones y miradas,

Entre las notas de cada canción repetitiva que aún no sabemos cantar

-a pesar de que la hayamos escuchado más de cuarenta veces.-

Y aunque ahora me ahogue la niebla, gritaré para sacar toda la humedad de mis pulmones, desempañando así los cristales de mis gafas para tener ideas más claras y pueda encontrarte en algún reflejo; creyendo que sigues estando a mi lado hasta que recuerde que mis brazos estén libres y el vacío de tus cosas me traiga a la realidad como un estruendo.

           No puedo admitir si realmente añoraba esta sensación: la falta de aire aquí, como si hubiese olvidado bajar las persianas antes de salir la última vez que quedamos en el metro; el empezar a flotar hasta que la gravedad sea un privilegio -igual que el oxígeno- que me aparte, disipándome hacia el horizonte sin remedio, -porque nunca me da la maldita gana-.

           A veces dudo de si en realidad la Tierra es solo un escenario donde juegan conmigo, desde siempre. Cada vez que salgo no termino de admitir que lo que vivo no es más que un pretexto para que alguien se entretenga viendo mis reacciones ante un puñado de actores en un escenario con carteles que al principio nunca entiendo.

Ya solo sé que no puedo correr, o que he salido disparada en el frenazo y ahora me veo a punto de partir, como un cohete en dirección a Titán.

Del carruaje al tranvía

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La cuestión es que creo que hay un tranvía que nos lleva por toda la Ringstraβe… Pero no estoy segura de si el precio está incluido en este ticket de transporte.- le comentaba la muchacha con vaqueros y de pelo largo y azul a su compañera mientras le enseñaba algo en la cámara.

Podemos probar y preguntar, ya que estamos cerca.- Respondió ella con una sonrisa, que miraba por encima de su amiga la foto con la información acerca de los horarios.

Las dos muchachas se dirigieron hacia el grupo de turistas que esperaba la llegada del tren, enfundados en sus chaquetas, aglomerados entre las mochilas de otros viajeros que esperaban junto a ellos. No parecía que fuera una mañana de agosto con el viento agitando las hojas de los árboles del paseo, que se perdían entre los nubarrones grises que se veían entre los adornados edificios de aquella avenida principal.

Entre todo aquel tumulto era imposible adivinar la llegada del trenecito de no ser por la repentina reacción que llevó a unos pocos a alborotarse y a reordenarse. Finalmente, la más alta de ellas pudo ver el aspecto antiguo, revestido de madera sin brillo y a un ritmo sereno llegaba el tranvía haciendo anuncio de su llegada con una melodía aguda e irritante.

Una vez hubieron enseñado su billete a la entrada, repasaron con la vista aquel curioso lugar. Daba la sensación de que se tratara más bien de una locomotora de juguete hecha a escala para ser capaz de seducir a un adulto a tomar asiento de frente a los ventanales con los que contaba a sus laterales. Y a pesar de lo poco convencional del asiento, ninguno de los allí presentes frunció el ceño como respuesta, sino más bien lo contrario, pudiendo adivinar en sus gestos el alivio de poder saciar su sed por gozar de unas buenas vistas. Ninguna de las dos intercambió una sola palabra acerca de esto.

¿Qué es lo que más te gustó visitar ayer? –se dirigió a Janine mientras limpiaba la lente de su cámara antes de que el tour iniciara-.

La verdad es que me gustó especialmente el mariposario. Evidentemente, todos los edificios que hay son maravillosos, pero eso me resultó diferente e imagino que por eso me impactó. No esperaba encontrar algo así en este viaje.

El tranvía anunció su partida con dos silbidos y se deslizó sobre los raíles lentamente, como si tomara el ritmo hacia otra época en la que el caos de la ciudad no llevaba a la gente a correr de un lado para otro pendiente del minuto anterior.

A medida que se desdibujaba la figura del Parlamento a la lejanía, como si de un espejismo se tratara, dos gotas de agua en forma de edificio se presentaron ante las muchachas.

Los museos de historia natural y de historia del arte – continuó Janine señalando en su mapa.

Me gustaría bajar para verlos más de cerca. Desde aquí no logro diferenciarlos.

¡Podrías hacer fotografías para buscar las siete diferencias!

Ambas comenzaron a reír y aquel aparato anunció de nuevo una parada en aquel lugar. Recogieron sus chaquetas y caminaron hacia la plaza de María Teresa, donde se pararon a estudiar las diferencias. Sonia le preguntaba a Janine por cada estatua que adornaba las fachadas entre las columnas de aquellos museos. Compartían información sobre la mitología griega y debatían sobre la brecha entre la ciencia y el arte así como su disconformidad con ello.

Pasaron unos cuarenta minutos hasta que comenzaron a advertir unos carruajes desde el este de la ciudad. No les habría resultado extraño de no ser porque toda la calle parecía haberse colapsado con carros guiados por caballos. Advirtieron que el estilo de esos coches era mucho más esbelto y embelesado que los que habían visto recorrer las calles de la ciudad el día anterior.

¿Crees que hoy será un día especial? Preguntó Janine, extrañada.

No tengo ni la menor idea. Respondió Sonia, al tiempo que se dirigió hacia la calle del Burgring en dirección a la Opernring, adónde parecían tener intención de llegar aquella gente.

La gente parecía clavar las miradas en aquellas dos muchachas, como si de seres extraños se tratara. A medida que iban avanzando, la tónica se mantenía en las reacciones de aquellos con los que se cruzaban. Ellas, sin embargo, admiraban ojipláticas los trajes que lucían las mujeres, ya a lo lejos, entrando a la Ópera. Los caballos que tiraban de aquellas carrozas, bien aseados y emperifollados. Con adornos dorados en sus crines y correas.

No consiguieron acercarse mucho más, pues de pronto, un gran estruendo vino de detrás de ellas. Un golpe seco y sordo que aturdió a las viajeras y las llevó a correr hacia la academia de arte, a la altura de donde se encontraban.

Sonia empezó a toser y paró en seco. Su vista se nublaba por momentos y perdió a Janine. Se echó a un lado y apoyó su cabeza entre las flores que había alrededor de aquel edificio y se centró en respirar. Sintió una vez más ese ruido ensordecedor más cerca y detrás de ella, lo cual hizo que se agitara y rebotara de un salto, incorporándose.

Al abrir los ojos, allí estaba Janine, sentada a su lado, escribiendo una postal en un banco. Desorientada, Sonia le preguntó acerca de lo ocurrido. Al parecer, el billete que tenían para el transporte no contemplaba el precio del tranvía, así que no podían tomar esa opción.

Es curioso que hayas soñado acerca de la Ópera, justamente esta era la postal que estaba escribiendo ahora mismo.

¿Y si te cuento que creo que pasaba algo?

¿Qué pasaba qué?

No lo sé, algo tenía que pasar en la Ópera ese día para que hubiera tanta gente.

Vamos a averiguarlo.