Ir con la maleta ordenada y volver metida en ella.

Estándar

He vuelto a Berlín. Sin ti y en coche. Sin tener que correr por andenes holandeses con una mochila cargada con piedras.

He vuelto a Alemania sin que vinieras a buscarme. Ya estás tú dejándote encontrar por otra sonrisa, que por cierto -y no es por rencor- no tiene nada que envidiarle a la mía.

He vuelto a darme cuenta de que no quiero perderme. Por eso igual me siento actriz y canto cada mañana -y eso que no soporto los musicales- como si me diera igual saber que dentro de mí nada se mueve a excepción de mi egoísmo.

He vuelto a enamorarme de mí y eso es lo que importa. No me quedaba nada en qué creer y mientras dejo que las olas me golpeen, mis pies inmóviles en mi pecho callan.

He vuelto a añorar el silencio hace unas semanas. Creo que necesito tiempo. Por mí, para mí. Debería aprender más cosas, pues me siento una ignorante. Y, sin embargo, últimamente podría admitir que he estado siendo feliz.

He vielto a sentirme triste, pero sin que el causante sea alguien que no sea yo. Y eso me enorgullece.

¡Ah! Y he vuelto a ver mis estadísticas. Es bonito saber que tengo un sitio donde escribir sin que nadie me lea.

Anuncios

Decimocuarta luna de Saturno.

Estándar

Te recordaré, bañada por las luces cálidas que se forman entre los prismas de humo,

Buceando entre la gente que alza sus miradas desde el barco neoplateresco que cruza el cielo de la Gran Vía,

Por cada anécdota que nos ha hecho cómplices de gestos, expresiones y miradas,

Entre las notas de cada canción repetitiva que aún no sabemos cantar

-a pesar de que la hayamos escuchado más de cuarenta veces.-

Y aunque ahora me ahogue la niebla, gritaré para sacar toda la humedad de mis pulmones, desempañando así los cristales de mis gafas para tener ideas más claras y pueda encontrarte en algún reflejo; creyendo que sigues estando a mi lado hasta que recuerde que mis brazos estén libres y el vacío de tus cosas me traiga a la realidad como un estruendo.

           No puedo admitir si realmente añoraba esta sensación: la falta de aire aquí, como si hubiese olvidado bajar las persianas antes de salir la última vez que quedamos en el metro; el empezar a flotar hasta que la gravedad sea un privilegio -igual que el oxígeno- que me aparte, disipándome hacia el horizonte sin remedio, -porque nunca me da la maldita gana-.

           A veces dudo de si en realidad la Tierra es solo un escenario donde juegan conmigo, desde siempre. Cada vez que salgo no termino de admitir que lo que vivo no es más que un pretexto para que alguien se entretenga viendo mis reacciones ante un puñado de actores en un escenario con carteles que al principio nunca entiendo.

Ya solo sé que no puedo correr, o que he salido disparada en el frenazo y ahora me veo a punto de partir, como un cohete en dirección a Titán.

Del carruaje al tranvía

Estándar

La cuestión es que creo que hay un tranvía que nos lleva por toda la Ringstraβe… Pero no estoy segura de si el precio está incluido en este ticket de transporte.- le comentaba la muchacha con vaqueros y de pelo largo y azul a su compañera mientras le enseñaba algo en la cámara.

Podemos probar y preguntar, ya que estamos cerca.- Respondió ella con una sonrisa, que miraba por encima de su amiga la foto con la información acerca de los horarios.

Las dos muchachas se dirigieron hacia el grupo de turistas que esperaba la llegada del tren, enfundados en sus chaquetas, aglomerados entre las mochilas de otros viajeros que esperaban junto a ellos. No parecía que fuera una mañana de agosto con el viento agitando las hojas de los árboles del paseo, que se perdían entre los nubarrones grises que se veían entre los adornados edificios de aquella avenida principal.

Entre todo aquel tumulto era imposible adivinar la llegada del trenecito de no ser por la repentina reacción que llevó a unos pocos a alborotarse y a reordenarse. Finalmente, la más alta de ellas pudo ver el aspecto antiguo, revestido de madera sin brillo y a un ritmo sereno llegaba el tranvía haciendo anuncio de su llegada con una melodía aguda e irritante.

Una vez hubieron enseñado su billete a la entrada, repasaron con la vista aquel curioso lugar. Daba la sensación de que se tratara más bien de una locomotora de juguete hecha a escala para ser capaz de seducir a un adulto a tomar asiento de frente a los ventanales con los que contaba a sus laterales. Y a pesar de lo poco convencional del asiento, ninguno de los allí presentes frunció el ceño como respuesta, sino más bien lo contrario, pudiendo adivinar en sus gestos el alivio de poder saciar su sed por gozar de unas buenas vistas. Ninguna de las dos intercambió una sola palabra acerca de esto.

¿Qué es lo que más te gustó visitar ayer? –se dirigió a Janine mientras limpiaba la lente de su cámara antes de que el tour iniciara-.

La verdad es que me gustó especialmente el mariposario. Evidentemente, todos los edificios que hay son maravillosos, pero eso me resultó diferente e imagino que por eso me impactó. No esperaba encontrar algo así en este viaje.

El tranvía anunció su partida con dos silbidos y se deslizó sobre los raíles lentamente, como si tomara el ritmo hacia otra época en la que el caos de la ciudad no llevaba a la gente a correr de un lado para otro pendiente del minuto anterior.

A medida que se desdibujaba la figura del Parlamento a la lejanía, como si de un espejismo se tratara, dos gotas de agua en forma de edificio se presentaron ante las muchachas.

Los museos de historia natural y de historia del arte – continuó Janine señalando en su mapa.

Me gustaría bajar para verlos más de cerca. Desde aquí no logro diferenciarlos.

¡Podrías hacer fotografías para buscar las siete diferencias!

Ambas comenzaron a reír y aquel aparato anunció de nuevo una parada en aquel lugar. Recogieron sus chaquetas y caminaron hacia la plaza de María Teresa, donde se pararon a estudiar las diferencias. Sonia le preguntaba a Janine por cada estatua que adornaba las fachadas entre las columnas de aquellos museos. Compartían información sobre la mitología griega y debatían sobre la brecha entre la ciencia y el arte así como su disconformidad con ello.

Pasaron unos cuarenta minutos hasta que comenzaron a advertir unos carruajes desde el este de la ciudad. No les habría resultado extraño de no ser porque toda la calle parecía haberse colapsado con carros guiados por caballos. Advirtieron que el estilo de esos coches era mucho más esbelto y embelesado que los que habían visto recorrer las calles de la ciudad el día anterior.

¿Crees que hoy será un día especial? Preguntó Janine, extrañada.

No tengo ni la menor idea. Respondió Sonia, al tiempo que se dirigió hacia la calle del Burgring en dirección a la Opernring, adónde parecían tener intención de llegar aquella gente.

La gente parecía clavar las miradas en aquellas dos muchachas, como si de seres extraños se tratara. A medida que iban avanzando, la tónica se mantenía en las reacciones de aquellos con los que se cruzaban. Ellas, sin embargo, admiraban ojipláticas los trajes que lucían las mujeres, ya a lo lejos, entrando a la Ópera. Los caballos que tiraban de aquellas carrozas, bien aseados y emperifollados. Con adornos dorados en sus crines y correas.

No consiguieron acercarse mucho más, pues de pronto, un gran estruendo vino de detrás de ellas. Un golpe seco y sordo que aturdió a las viajeras y las llevó a correr hacia la academia de arte, a la altura de donde se encontraban.

Sonia empezó a toser y paró en seco. Su vista se nublaba por momentos y perdió a Janine. Se echó a un lado y apoyó su cabeza entre las flores que había alrededor de aquel edificio y se centró en respirar. Sintió una vez más ese ruido ensordecedor más cerca y detrás de ella, lo cual hizo que se agitara y rebotara de un salto, incorporándose.

Al abrir los ojos, allí estaba Janine, sentada a su lado, escribiendo una postal en un banco. Desorientada, Sonia le preguntó acerca de lo ocurrido. Al parecer, el billete que tenían para el transporte no contemplaba el precio del tranvía, así que no podían tomar esa opción.

Es curioso que hayas soñado acerca de la Ópera, justamente esta era la postal que estaba escribiendo ahora mismo.

¿Y si te cuento que creo que pasaba algo?

¿Qué pasaba qué?

No lo sé, algo tenía que pasar en la Ópera ese día para que hubiera tanta gente.

Vamos a averiguarlo.

Los pinceles mustios

Estándar

Mi querido Sr. Levens[1],

Desde que estoy aquí en París he pensado mucho en ti y en el trabajo. Recodarás que  me gustaba tu color, tus ideas sobre arte y literatura y debo añadir, por encima de todo tu personalidad. Ya había pensado antes en que debería hacerte saber cómo me iba, dónde estaba. Lo que me contenía era el que me he dado cuenta de que venir a París es mucho más costoso que vivir en Amberes y teniendo en cuenta que no conoces el lugar no me atrevería a decir, venir a París desde Amberes sin advertirte de esta situación y que si uno es pobre debe sufrir muchas calamidades –como ya debes imaginar-. Pero por otro lado está la posibilidad de vender. También hay bastantes oportunidades para poder intercambiar dibujos con otros artistas. En pocas palabras, con mucha energía, con un honesto sentimiento personal del color en la naturaleza un artista puede venir aquí a pesar de los obstáculos. Y tengo la intención de permanecer en este lugar por más tiempo.

Hay mucho que ver aquí – por ejemplo Delacroix, por mencionar a un maestro. En Amberes ni siquiera había oído hablar de los impresionistas, ahora los he podido conocer a pesar de no ser parte de ellos de momento así como he admirado algunas obras impresionistas –el desnudo de Degas o los paisajes de Monet-.

Hace poco tuve el placer de intercambiar unos tragos con mi buen amigo Lautrec. Como bien te he hecho sentir antes, calmar el hambre no es tan difícil para todos por aquí. La compañía que tenía aquella noche me iluminaba como el reflejo de los carteles luminosos de aquellas calles sobre los locales donde nos encontrábamos -resultaba esperpéntico para mí pensar que un artista decidiera sacrificar su propia voluntad y entregar sus trazos a la paleta de cualquier…-. De no haber sido por la casualidad de nuestro encuentro, aquella noche habría sido la quinta en esta semana sin llevarme nada a la boca.

He tenido problemas para poder pagar a modelos y de no haber sido por ello me habría volcado en cuadros de figuras. Sin embargo,  he hecho series de estudios de color en dibujos, flores sencillas, amapolas rojas, acianos y pensamientos azules, rosas blancas y rosadas, crisantemos amarillos en contraposición con azul y naranja, rojo y verde, amarillo y violeta buscando “les tons rompus et neutres” [2]para armonizar los extremos. Trato de rebajar la intensidad de los tonos sin que tampoco sea una armonía de grises. Como dijimos aquella vez: buscar vida en el color del dibujo implica modelar con color. He hecho una docena de paisajes también.

Aquella misma mañana, el sol se partía a través de los árboles en los jardines de Luxemburgo, creando sombras y haciendo brillar todo un cuadro cromático de flores. Esta imagen venía acompañada al son de las risas de los transeúntes, ya sin la mirada perdida, como con un sentimiento de melancolía más propio del invierno. Los colores de las flores que brotaban en esa mañana cálida impregnaban el aire de fragancias. Amigo mío… puede que no solo la luz despierte los sentidos, es capaz hasta de atraer a cualquier iluminado con alas que vaga en su oscuridad.

El movimiento en los vestidos de las damas, perfectamente alineados por cada pliegue, cada repunte en la falda. Y a pesar de la ligereza que emitían a dar cada paso, no podía si no perderme en el vaivén de la marea que parecía aquella falda azul cobalto daba la impresión de acariciar la acera con la sutileza de las olas y a medida que rompían y se desvanecían en la arena, aparecían otras como flores que brotan tras el invierno. Esas imágenes aún ahora me traen ese sentimiento de serenidad, y lo que es mejor, los bocetos que tomé hasta ese momento del día agudizan esa sensación cada vez que los miro.

Más tarde aquella noche, volvía sintiendo la pendiente del terreno agudizarse mientras que la luz de las farolas parecía tiritar de frío. Mi mente divagaba entonces si tendría la fortuna de cruzarme con alguien que me invitara a un par de tragos y me contara alguna historia que mereciera la pena. Disfruté de los contrastes entre los edificios por los que pasé. Deambulé imaginando cómo se habían valorado esas obras descomunales en el momento de ser descubiertas por primera vez ante un público. En ocasiones me pregunto si es el verdadero artista quien no se abruma ante la idea de que su obra será estrenada por cada individuo con la que interactúe o si se trata de un acto aislado en el tiempo. Cuando llegué a la altura de Folies Bergère pude distinguir el caminar de mi buen amigo Lautrec.

Me estuvo contando con brillo en los ojos su asistencia al estreno de la ópera que te había mencionado antes. Bromeó sobre la posible reacción de Degas visto el sentimiento de rechazo hacia la opinión que mostró el público al finalizar el acto. Según él, no entienden la vida del artista. Según terminó de darme todo lujo de detalles sobre las expresiones de horror que se mezclaban a la salida del acto, procedimos a entrar a darnos el gran festín de cada noche a uno de esos lugares donde al traspasar la puerta conectabas con otra realidad.

Entonces, como si se activara un mecanismo secreto cuando se abre la puerta de aquellos lugares, entramos en otra realidad. La luz era tenue sin que el ambiente fuera lúgubre en absoluto. El estrambótico mobiliario que adornaba el espacio resultaba de lo más común cuando nos vimos ya servidos, cortesía de algún conocido de mi acompañante, quien estaba algo más acostumbrado a estos agasajos. Para no romper con la tradición, sacó de sus enseres algunos papeles de boceto y comenzó a trabajar concienzudamente en uno de los carteles a los que tanto tiempo dedicaba. Aproveché aquel momento para terminar uno de los bocetos que hice más temprano aquel día. Te adjunto uno del Panteón. No pude evitar parar unos minutos a observar el abanico de colores que rebotaba contra el mármol de las columnas. Puede que fuera el impacto que creó en mí el contemplar a tal cantidad de gente bien vestida disfrutando de la liberación de la penumbra.

Una vez hubo terminado sus quehaceres, recogí mis enseres. Compartí las conclusiones a las que había llegado y discutimos sobre la necesidad de vender tus ideas y doblegar los instintos del pintor. Al parecer, yo no estaba en posición de defender el arte por el arte pues en esa pena infame, hasta los pinceles parecían volverse mustios al sentir el rugido de mi estómago.

Lo único que me mantiene cuerdo ahora mismo es la compañía de otros colegas con los que poder trabajar en conjunto. Estoy esforzándome por mi vida y mi progreso artístico. Ahora me gustaría mucho que decidieras visitarme aquí algún día, aunque tengo pensado mudarme a la tierra de los azules y los vibrantes colores del sur de Francia.

De cualquier modo, escríbeme y da recuerdos.

Un cordial apretón de manos,

Tu amigo Vincent.

[1] Carta escrita originalmente en inglés por Vincent Van Gogh al pintor inglés Horace M. Livens, a quien había conocido en Amberes. El texto está traducido personalmente y se le añaden algunos detalles para darle sentido a la historia.

 

[2] Tons neutres del francés “tonos neutros”. Se refiere a la gama de grises.

Tons rompus, tonos en los cuales la luminosidad se atenúa añadiendo colores complementarios.

Támesis

Estándar

Por la forma en la cual los rayos de Sol se reflejaban sobre la escarcha que cubría la superficie del río, parecía que la primavera quería robarle protagonismo al invierno esa mañana. Las aguas parecían limpias a pesar de la gran cantidad de barcos que lo atravesaban a diario.

Cerca de la orilla, unos niños correteaban ajenos a la suciedad del Támesis; como si el olor putrefacto que emanaba del lugar no afectara a sus juegos de acertijos y escondites. Decidí acercarme a tirar piedras a los barcos con ellos para tener algo de compañía. Cuando estaba a unos pocos metros, el grupo paró de golpe. Me miraban fijamente a una distancia de unas pocas yardas, desde donde salieron corriendo dándome la espalda.

Decidí seguirlos y ordené a mis piernas que se movieran con la mayor rapidez posible. El viento frío cortaba mis labios y mis pies descalzos se resquebrajaban a cada paso por la gravilla del suelo. Frente a mí se alzaba entonces un edificio de magnitudes asombrosas.

No tenía total certeza de esto pero se decía que hacía años, ese majestuoso palacio (el cual me hacía darme cuenta de que era otra huérfana sin futuro al verme comparada con su grandeza) había sufrido un terrible incendio. Tampoco recordaba su reconstrucción. Para mí, siempre había tenido ese aspecto perpendicular, proyectando a través de la piedra una imagen de superioridad y estilo.

Me recordaba en cierto modo a esos carros de caballos los cuales imaginaba trasladando a pálidas, sílfides doncellas enjauladas en sus vestidos encorsetados, en silencio, dominando con su pasividad todo su entorno.

El bullicio de la mañana llegaba con el trajín de los mercados del lugar. Adoraba escabullirme entre las faldas de las señoras para tratar de robar alguna pieza de fruta ese día. Sin embargo, antes de que pudiera meterme en ningún lío, hubo alguien entre el gentío que me sacó de mis pensamientos.

Un hombre de cabellos rojizos paseaba jovialmente junto a otros dos hombres. Recuerdo que por unos instantes mis pies me llevaron hacia donde ellos estaban. Supe que me acercaba demasiado cuando el primero de ellos me miró fijamente y se dirigió a sus colegas un momento. Helada del susto, di media vuelta y salí disparada hacia ninguna parte.

El barullo, la aglomeración de comerciantes y compradores y mi pequeño tamaño me dejaron escabullirme como una liebre hacia una zona más alejada, donde encontré algunos árboles en los que descansar. Recogí los bajos de mi falda hecha jirones y trepé por el tronco. Adoraba las vistas de la ciudad desde un lugar más alto, así que era ya una experta escaladora.

No recuerdo mucho más de ese día, solo que cuando desperté el hombre de pelo cobrizo con el que había tenido el encuentro más temprano parecía alejarse de nuevo hacia el centro de la ciudad. Parecía suya la carta que encontré justo en el roble donde parecía haberse pausado hasta hacía unos momentos. Por suerte, parecía no haberse percatado de mi hambrienta compañía.

Cogí el trozo de papel y lo desdoblé cuidadosamente, en él pude encontrar las siguientes líneas:

Querido Theo:

En mi última carta al tío Hein incluí una pequeña nota para ti. Me pregunto si tuviste la oportunidad de estar en Helvoirt para el cumpleaños de madre y si lo disfrutaste.

¿Recibiste mi carta y mi litografía después de Weissenbruch? Las dejé en la caja con el resto de fotografías. Oh, viejo amigo… Estoy deseando que vengas a visitarme para poder enseñarte este lugar, especialmente el nuevo alojamiento del que te escribí la última vez. Ahora por fin tengo la habitación que siempre deseé, sin un techo abuhardillado lleno de humedades verdosas y azuladas. Comparto el lugar con otras personas ahora; regentan una escuela para niños.

He estado esta mañana en barco por el Támesis acompañado de dos caballeros ingleses. Ha sido glorioso. Ayer estuve en una exposición de arte belga. Cuando me di cuenta de que se asimilaba a las pinturas de las exhibiciones de Bruselas. Ya te escribiré más sobre ella. He hecho un boceto de uno de los edificios más significativos de esta ciudad.

Adieu, querido. Te envío mis mejores deseos y espero recibir correspondencia tuya pronto.

V.

Al dar la vuelta al papel, encontré la ilustración a la que hacía mención en la carta. Sin embargo, cuando levanté la cabeza para devolverle su correspondencia, estaba sola de nuevo.

 

Estereotipos básicos

Estándar

¿Qué es turismo? ¿Qué es viajar? Bien. Muchos no habrán oído hablar del “Grand Tour” o esa mecha que dio lugar a lo que hoy conocemos como estos términos.

Todos tenemos claro que hay una serie de básicos inamovibles y esenciales para nuestra supervivencia, como alimentarnos o descansar. A pesar de que aún no parece estar demasiado claro el por qué es necesario dormir (o soñar), no hay que explicar por qué no podemos dejar de comer. Pero ni comer es alimentarse ni todos sabemos cocinar.

-A ver, a ver… Para un momento. Estás dándome más vueltas que un tiovivo en una feria. ¿Por qué empiezas con una cosa si no vas a terminar con ella para empezar con otra?

Aparte de que he crecido con la mala costumbre de oír a todos a mi alrededor comenzar frases que se quedan colgando a la mitad, siento que hemos empezado a confundir y a olvidar que tanto el turismo como la alimentación tienen mucho en común.

No se compra comida, se compran ingredientes que tienes que manipular para llegar a lo que queremos: nutrirnos, saciar nuestro apetito o simplemente por gula -simplificando, claro está, que ahora vendrán Yiannakis y Gibsons a dividir en más categorías dimensiones bipolares.

Una vez he dejado claro que la universidad me afecta mentalmente, retomo el hilo principal del pensamiento (aunque espero haber despertado la curiosidad en alguien que haya tenido la inquietud de querer saber más sobre estos autores que antes he mencionado). Bien, tenemos claro que a través de los alimentos conseguimos las aportaciones necesarias de diversidad de… -insértesen aquí la larga lista de proteínas, hidratos, vitaminas, grasas, etc. de las cuales ahora todos somos expertos entre tanto blog de fitness y obsesiones disfrazadas por los colectivos que quieren hacernos doctores en una materia que desconocemos-.

Vamos, que el cuerpo nos pide y nosotros le damos “lo que necesita” (porque claro, esa palmera de chocolate es totalmente necesaria para sobrevivir a otra hora de contabilidad financiera). Y aquí es cuando yo me pregunto ¿por qué no hacemos lo mismo al viajar? Ser capaces de reflexionar sobre lo que queremos de nosotros mismos para encontrar el equilibrio cuando fuera recibimos, tanto lo que buscábamos como lo que no. O peor aún: por qué hemos matado la curiosidad. Por qué ha surgido esa rivalidad por ver quién ha recorrido más kilómetros, quién ha publicado más selfies o quién ha pasado más horas volando gracias al queroseno.

Nos hemos olvidado de la calidad por la cantidad. Nos hemos quedado en la cifra del precio de ese viaje baratísimo a Kuala Lumpur, dejando que sea un número quien decida por nosotros el destino. Y no, no estoy defendiendo los grandes lujos (qué afortunado ese que puede irse a las Maldivas a todo lujo unos días ¿no?), ni defendiendo el “vagabundeo” incitado por Hollywood a coger una mochila en busca de una aventura sin plan ni calendario.

No hace falta coger ningún medio de transporte para viajar. Existen las historias como predecesor de esto y parece que las estamos olvidando. No escuchamos (yo la primera) a nadie, nos sentimos molestos cuando alguien descarga su cubo de opiniones y quejas -que no crítica, ojo- a los que nos hemos visto obligados a crecer.

Maduramos en un entorno hostil que nos mantiene esclavos del sistema de “esto es lo que tienes que hacer/pensar/aprender para que llegues a ser algo”.  Un “algo” definido por unos parámetros a mi parecer ya obsoletos y que nos arrebatan la creatividad, la cual acaba llevándose la imaginación y la motivación con ella.

Escuchad historias, aprended de ellas, documentaros antes de un viaje, preguntaros el por qué y no dejéis de mirar arriba cuando caminéis. Nos han enseñado a mirar por donde caminamos en vez de valorar todas las alternativas que tenemos, como si la alienación por la masa fuera para ella misma, para proteger al que controla y crear una ilusión al que se traga ese plato recalentado de “comida”.

Porque una piadina riminiense no sabe igual si te la hacen tus vecinos del tercero que si la compras en el Lidl en la semana de Italia. ¿O no? Aunque tampoco se puede depender siempre de un magnífico cocinero, señores. Hay que aprender sobre cocina, hay que aprender a viajar.

Uno.

Estándar

No sé muy bien si fue el ruido del golpe o el  repentino dolor que sentí en mi nariz cuando,  mi cara se alejó en un parpadeo del mueble en el que esa cama se encontraba adosada. La verdad es que podría ser más incómoda (al menos no era tan dura como aquella vez en mi viaje a Estados Unidos, pero eso es otra historia) aunque la poca libertad de movimientos que me permitía mi cuello esa mañana dejaba claro que la almohada me traería problemas.

“¡¿A quién se le ocurre tener almohadas cuadradas?!” – pensé mientras dirigía mis manos hacia el foco del dolor. Sentía sabor a hierro en la lengua solo con acariciar suavemente la zona del tabique, aunque tampoco me preocupaba demasiado. “Total, si no hay sangre… ¡pero mira que soy bruta!”.

Al darme la vuelta pude llegar a la conclusión de por qué esa noche había dormido tan pegada a la pared: todavía no había solucionado el tema de las cortinas. Hacía dos días había llegado a ese pueblo de Alemania, Heidelberg; y sin persianas ni cortinas, añadido al factor de los amaneceres “madrugadores” (como a mí me gustaba llamarlos cariñosamente, porque no terminaba de convencerme eso de que el Sol saliera a sus anchas ya a las cinco de la mañana), me costaba un poco acostumbrarme.

A pesar de que intenté conciliar el sueño un rato más y poder disfrutar de mi mañana de domingo entre las sábanas; mis compañeros de piso ya se encontraban en marcha. No lograba todavía descifrar ni la mitad de lo que decían, pero no era la primera vez que me veía en una situación como esta.

Ya dada por vencida en la lucha contra mi desvelo matutino, decidí explorar aquella casa la cual sería mi hogar durante los próximos meses. No había gran cosa, pero para ser un piso de estudiantes estaba bastante bien: dos baños y una cocina bien equipada para cuatro estudiantes. Allí, al final del pasillo, justo al otro extremo de mi dormitorio, se encontraba la cocina. Nada más entrar, aunque no quisieras, te encontrarías de frente el río Neckar, acompañado de edificios modernos reflejando la luz en su fachada de cristal. Era una imagen que no me importaría ver en absoluto cada mañana durante una temporada antes de preparar mi desayuno.

Antes de que pudiera recordar que no tenía absolutamente nada que llevarme a la boca, me encontré de golpe –sí, porque fue una sorpresa realmente agradable- con toda una pared decorada, esta vez no con grandes carteles escritos en alemán o en inglés con cierto tono sarcástico (si es que los primeros, esos en alemán con sus declinaciones incomprensibles, seguían también esta tónica), sino con postales. Logré distinguir distintos países de Europa: Italia, Francia, Hungría… ¡Y España!

Me acerqué a examinar las imágenes más de cerca. Distinguí Toledo, Florencia, Roma, Londres… ¡Hasta Kyoto! Sin darme cuenta, estaba sonriendo y recorriendo sin mucho rumbo cada uno de los detalles de cada una hasta que la curiosidad metió la tercera marcha.

“Si son postales… Tendrá sentido que hayan sido enviadas desde ese lugar y no sean un simple objeto decorativo…”

No terminé de dibujar esa frase en mi mente cuando ya estaba tratando de despegar la esquina inferior derecha de una de las postales colocadas más en la parte exterior del rombo que configuraba el conjunto de suvenires colocado cuidadosamente sobre la pared, con la pintura sucia por la falta de una limpieza exhaustiva en un tiempo bastante prolongado.

Y no fue sorpresa cuando, fruto de mi gran destreza para llevar a cabo planes dignos de un espía de aquellas historias de ficción que tanto me gustaban; aquella pequeña carta sobre la cual hacía mi experimento, se despegó de la pared rugosa y cayó detrás del sofá. Nerviosa, me dirigí al suelo para averiguar cómo mover el sofá cubierto por una tela (la cual, por cierto, desprendía un olor parecido a algo que no ha sido lavado en una buena temporada) sin armar mucho jaleo desde el decimoprimer piso, un domingo, a las seis de la mañana.

En seguida, tranquilicé mis manos recordando que mis compañeros parecían estar fuera de casa y que andaba fuera de peligro de que me descubrieran hurgando, quizá, en cosas que no me incumbían. Pude mover el sofá (no sin una mueca de asco en la cara) y rescatar casi ilesa la pobre postal. Y digo “casi ilesa” porque no sabéis la cantidad de pelusas que había debajo de ese sofá.

No había una razón determinada por la cual había escogido empezar con esa imagen determinada; la verdad es que estaba justo a mi altura y en la parte exterior del mosaico que formaban el conjunto de ilustraciones en la pared. Recalco esto porque me pareció curioso no reconocer a simple vista el lugar de donde se enviaba.

Me encontré delante de lo que parecía  un conjunto de calles llenos de casas apelotonadas unas junto a otras, características por sus tejados rojizos. En las esquinas superiores había dos escudos, y como coronando la imagen, aparecía un rótulo que decía “Vienna, Austria”.

No sorprendería a nadie si le admitiera que lo siguiente que hice fue dirigirme a mi habitación con la postal en la mano con intención de poder observarla más detallada y tranquilamente a solas, sin correr el riesgo de que ninguno de mis compañeros apareciera en la cocina.

Una vez volví a mi sauna particular, me recliné en la silla de mi escritorio mientras sostenía la cartulina del tamaño de una foto entre mis manos. Sin pensármelo mucho, le di la vuelta para examinar el reverso y verificar si, como sospechaba, se trataban simplemente de objetos decorativos o, en realidad, eran correspondencia. He de reconocer que me decepcioné un poco cuando confirmé mis sospechas: la postal venía dirigida por una tal “Janine Aures” y tenía unas líneas escritas con una caligrafía muy pulcra y decorada. No, ese mal sabor de boca no fue consecuencia de esto, sino de que, si no me había equivocado; la redacción estaba en alemán y el hecho de no haber sido capaz de comprender todo claramente me chafó las expectativas.

Sin querer evitarlo, no aguanté mis ganas y alcancé mi teléfono y abrí una de las aplicaciones que tenía de diccionario. Comencé a introducir algunos de los sustantivos (los cuales pude distinguir porque se iniciaban en mayúscula) y alguna que otra palabra que me creó curiosidad y fui apuntando en un trozo de papel arrugado, en cuyo reverso había direcciones para llegar a los pisos -donde ahora vivía- desde la estación central de trenes de la ciudad.

Cuando terminé este proceso, pude interpretar un texto similar al siguiente:

Querida Margot:

Estoy contentísima en Viena. Llevo aquí un par de semanas y me encanta la diversidad de arte que se encuentra en esta ciudad. Sin embargo, siento que todavía no logro leer todo lo que quieren decir estos edificios. Tienen que tener un por qué, el arte es arte ya que también tiene una utilidad.

Te envío esta postal ya que no he podido sentirme afortunada por poder estar aquí. Se trata de una imagen de 1548, cuando la muralla fue terminada de construirse. Cuando vengas, te explicaré por qué hago hincapié en esta muralla y en los edificios de los que te hablaba antes.

Espero verte pronto por aquí.

Con amor,

Janine Aures.”